Amanece en mi galería


Es una gloria ver como el sol primero se acuesta en las tejas de mi vecino y rebusca en sus recovecos la humedad acampada allí durante la invernía. Se evapora el agua adormecida y al cielo se alzan pequeñas columnas de humo que nos avisan de que la diosa de la primavera desciende en su trono de flores sobre la tierra. Me gustaría ver como sobre mi tejado se realiza el mismo prodigio. No puedo y me conformo con el espectáculo ajeno. Allá, claveteadas en la seda opalina de los cielos, vuelan las primeras golondrinas nerviosas y felices, recién llegadas a sus posesiones del norte. Brilla como un espejo el lodazal de la bajamar esperando a que el carro de la luna traiga la gran marea en la que, al ponerse el sol, agitarán sus alas los patos, las garzas y las gaviotas. Del sur asciende un perfume de rosas, hierbas y dátiles, y el espíritu ermitaño de la lluvia se despereza con su pecho húmedo atravesado de parte a parte por las mil saetas de un sol presumido que estrena una túnica de escamas de oro y que camina de Este a Oeste las alamedas del cielo, bailando sobre sus nuevas sandalias de olíbano. Cualquiera diría que los gnomos y los ángeles, se pasaron la noche trajinando en la tramoya del gran teatro del mundo hasta cambiar por completo el escenario.

Camino del paseo marítimo, desde mi galería, veo pasar una procesión de peregrinos que obedientes siguen las instrucciones de sus médicos. Se hace camino al andar, sí, y el corazón se alegra y se cura a sí mismo porque no hay mejor medicina que un aluvión de aire limpio estrellándose como una ola en los acantilados recalentados de los pulmones. Un par de lavandeiras juegan al escondite tras la chimenea de mi vecino, se persiguen, se buscan y se alimentan con las raíces que la madre invierno parió entre las tejas. Más arriba, las urracas y los cuervos, van y vienen de la Huerta del Marqués al monte de O Bolo, en sus autobuses de plumas quebrando las carreteras del viento azul que flota sobre mi cabeza.

Desde mi galería, asisto a la inauguración de la nueva estación que llega tarde, atropellada y feliz. Brilla como un bronce recién bruñido el aire contenido en mi calle y, al fondo, como fuegos fatuos, ascienden desde las huellas de los paseantes serpentinas de gas que trepan por invisibles lianas de algodón hasta perderse en el último azul. Amanece, y desde mi galería puedo contemplar el primer acto del gran teatro del mundo siempre igual y siempre distinto. La gran dama primavera, harta de esperar su turno tras el plomizo telón del invierno, luce su voz y su chal de pétalos bordado con hilos de miel. La vida se consagra y resucita. Y el milagro se produce a solo un metro de la cristalería en la que se reflejan las dudas, las penas y las lágrimas que la oscuridad derramó durante más de cinco meses.

Todo queda atrás, la piel se abre como un abanico y la mirada todo lo abarca. El cuerpo todo es un grito salvaje que horada las montañas y se extiende sobre la mar camino de América. Y siempre, en la contemplación, el verso me zarandea desprevenido haciéndome más suave el retorno: «Dixeronme de neno, cando era/ non máis que vento e fume/ dado ó vento./ Sén sempre un alma pura/ un sentimento/ de rosas e de estrelas./ Primavera». (Darío Xoan Cabana).

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