Lágrimas en la despedida


El catolicismo mediterráneo aquí, en Manhattan, un lugar que previamente tenía imaginado como puritano, es más que una ráfaga de luz y calor. Sentado en la catedral de St. Patrick, abarrotada de fieles y con un excelso coro de voces, recordé que los poetas y escritores Charles Olson y Jack Kerouac eran católicos y de familias obreras. Después pensé que también nosotros habíamos sido puritanos a nuestro modo. Eso sí, llevábamos vaqueros y chaquetas de pana, lo que nos convertía en progres. Corrían los años 70, que comenzaban a realizar el trabajo sucio después de los excesos de los 60 recogidos en fotos de colores de Kodak, de los festivales no tan libres como se decía y con las revoluciones reventadas y cuyos restos yacían en las cunetas, muertas como Billy The Kid con su pistola.

Y cuando nos sentamos a tomar café en la fabulosa Public Library, me vi remontando el tiempo hasta mis dos primeros veranos en Londres. Aquel manso chaval aldeano y asustado en el mercado de Camden Town, donde los inquietos jóvenes ingleses se citaban en las inmediaciones de una librería llamada Compendium, y donde se podían adquirir importaciones de US, teóricos franceses y manuales New Age.

Entonces, experimenté por vez primera lo que significaba echar de menos a mi país. Mas ahora también sabemos que es mucho más fácil ser hereje hoy en día. Entre otras razones, porque existen más religiones o capillas dispuestas a condenarte o a matarte.

Viendo el apartado de bisontes y búfalos en el Museo de Historia Natural, en una orilla de Central Park, me acordé de los primigenios moradores de estas tierras y sobre todo de las aún más al oeste. Fueron exterminados. Solo deben quedar algunas viejas reliquias de una raza arrasada confinadas en las reservas. En los wésterns siempre me habían gustado los apaches. Aunque rechazaban ferozmente los valores y modo de existencia europeos, los veía completamente orgullosos de su condición primitiva y de sus implacables medidas para sobrevivir y coexistir junto a un coloso que veían, pero que a la vez tenía algo invisible para ellos: tal vez nunca supieron captar la utilidad del tren, del telégrafo y el teléfono.

Contemplando las fotos en blanco y negro de los obreros que trabajaban levantando ese gigante de acero y cristal que es el Empire State, me pregunté cuántos gallegos o españoles habrían trabajado en la construcción de este edificio clavado en el corazón de Manhattan. Pero al mismo tiempo una constelación de rostros surgieron desde dentro del cofre de la memoria: Bob Dylan, con las manos en los bolsillos, caminaba por el barrio de Chelsea, acompañado de Allen Ginsberg. El joven cantante judío de Minnesota estaba a punto de birlarle el nombre a Dylan Thomas. El poeta galés se derrumbó por última vez en el Chelsea Hotel, toda una institución para la cultura underground en la Nueva York de los 60.

¡Ah! Vida y mitología convergiendo en la gran ciudad. Dylan Thomas y Kerouac, ambos alimentándose del James Joyce de Finnegans Wake. Esquirlas rotas: estoy volando y debemos bajar, aterrizar en la calle. En la caminata nocturna de vuelta al hotel, desembocamos en el Soho, ese acogedor barrio vecino del más sofisticado Tribeca. Por estas calles se emborrachaba Thomas con Malcolm Lowry después de que el británico tratara a Ginsberg como a un chulo de putas.

Camino del aeropuerto, miras atrás y recuentas. Bajo la llovizna de la tarde de este último viernes del mes de marzo, todos tus viejos mitos te parecen fantasmas olvidados, reliquias de aquellos años sembrados de escombros: Janis Joplin y Leonard Cohen follando salvajemente en la escalera de incendios del Chelsea Hotel. Andy Warhol sonríe. Y nosotros, querida mía, con los ojos anegados de lágrimas en la despedida.

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