De vuelta, en casa de nuevo


En casa se está muy bien, ¿verdad, querida? Sí. Pero no somos capaces de desprendernos del recuerdo, del olor y el sabor de la Big Apple. De las imágenes de esa gigantesca fruta viva, que nunca duerme ni descansa. Aunque hemos caminado millas y millas, hemos tomado taxis y autobuses, nos subimos al metro y hemos visto casi todos sus iconos más significados, incluidos museos, la Grand Terminal de trenes o el Madison Square Garden, y recorrido y paseado por sus barrios, sabemos que apenas hemos rozado su brillante y tersa piel. Dentro de ella hay pulpa y entrañas. Es posible que la afabilidad, amabilidad, la seducción que respira la ciudad solo sea el reverso de otra cara más dura y exigente, exigencia tal vez atenuada por la dulzura que aporta la cultura latina, tan presente en sus avenidas y calles, y no solo confinada en el sur de Harlem, un barrio hoy muy diferente del que retrataba Lorca en Poeta en Nueva York.

¿Te acuerdas, nena, de aquella noche? ¿Cuál? Aquella cuando descendíamos desde Times Square y ya caminábamos cerca del Empire State Building y empezó a nevar. !Qué hermosa estaba la noche con los copos de nieve cayendo por entre los rascacielos y sobre las cabezas de la gente, y de los que hacían cola para subir al mirador del mítico edificio! Cuando nosotros fuimos, ascendimos desde el mirador del piso 80 hasta el segundo balcón, en el 86, andando. Estábamos reventados cuando llegamos arriba.

Te confieso, querida, que a mí, como a Walt Whitman, allá en Manhattan me fascinaba tanto o más el encanto de lo pequeño, de lo menos brillante, que la elevada metafísica que adivino sostiene a los espectaculares y puntiagudos gigantes de acero, aluminio y cristal (¿Arremetería contra ellos nuestro don Quijote?). Allí se ve bien que el habla es hermana gemela de la vista, no puede medirse a sí misma.

En casa estamos muy bien. Pero allá lo pasamos fenomenal. Aquí, cuando despierto al amanecer oigo el canto del mirlo, que no ha estudiado la escala, pero me llena. Cuando estábamos en Nueva York me despertaba con el ruido de las máquinas que trabajaban en el edificio que estaban levantado frente al piso 14 del hotel. ¿Te das cuenta? Y te dije: «Aquí se trabaja día y noche toda la semana». Allá, todas las noches soñaba con paisajes y rostros del pueblo o de la aldea. Aquí, en cambio, sueño con las brillantes luces, calles y avenidas y el difuso rostro de la multitud que camina por las aceras de la Big City. ¿El mundo al revés?

Como decía Whitman, que nació en Long Island y vivió en Manhattan, los músculos de la gran urbe se alimentan de la misma sangre antigua. Un viejo corazón dilatado late bajo la superficie, en el subsuelo. En los sótanos habitan todas las pasiones: deseos, ambiciones, anhelos, conspiraciones, envidias, rencores... Están ahí todas, aunque no se predique sobre ellas en las aulas universitarias ni en los museos, ni tampoco en los salones de las clases de la alta alcurnia. Sí. Esas que moran en los costados de Central Park.

Con todo, me ha parecido que allá (en esa ciudad fantástica, seductora, afable, amable, abierta), más que aquí, todos (no menos los pobres que los ricos) tienen un lugar en la procesión de la existencia, tal como indicaba la que circulaba el Viernes Santo desde la mitad del Brooklyn Bridge en dirección a St. Paul’s Chapel: Way of the Croos.

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