No le marquéis un gol al feminismo


Creo que ya ha pasado un tiempo prudente para preguntarnos qué rastro ha dejado la histórica participación de la sociedad barbanzana en la huelga feminista del pasado 8 de marzo. No quiero que me malinterpreten, pero no inicié esta reflexión en el transcurso de una asamblea o una mesa redonda. Se trata de una duda que me surgió sobre un duro terreno de juego para este ámbito, el campo de fútbol de Barraña.

El pasado domingo, el Boiro se enfrentaba al Ourense en un encuentro que... digamos que no fue el más espectacular delos que disputaron los hombres de Víctor Santos en las últimas jornadas. No obstante, hubo un detalle que acaparó la atención del público. El hombre del silbato al que una parte importante de la grada está acostumbrada a dedicarle habituales improperios no era un hombre. He de confesar que desde que vi a la colegiada sobre el césped, aguardé con extrema curiosidad a la primera jugada polémica para descubrir cómo afrontan las filas de cuñados esa difícil tarea de adaptar sus insultos a la presencia femenina.

Lo siento, Sandro Rey. Puedes quedarte la música -con perdón de los músicos- porque me presento como dura competencia en el gremio de adivinadores. Al primer pitido se produjo un titubeo general, sucedido por un silencio que dio paso a un sonoro y dubitativo: «¡Tonta!». Quitando el deleznable espectáculo que constituye que aún se produzcan estas escenas, hasta casi llegó a parecerme un avance social que no se dirigieran a ella como a un hombre. Lo que de verdad me dejó descolocado fue quién profundizó en la gama de soeces dirigidas a la árbitra.

No, no fueron esos señores que podían haber sentido amenazada la histórica normalidad de que ninguna mujer exceda los límites fijados para ellas en el fútbol, es decir las vallas del graderío. En realidad, fue un grupo de chicas las que la tomaron con la profesional, armándose de frases que ya me hubiera gustado ver cómo habrían reaccionado ellas si se las espetasen en la calle porque, precisamente, encajarían a la perfección en el decálogo de pseudopiropos recopilado durante una noche frente a la discoteca Pachá.

Con esto no quiero decir, ni de lejos, que el gran adversario del feminismo sean las propias mujeres. No acostumbro a escupir a la historia, por mucho que me hayan oído decir que Victoria Kent tenía razón con lo del sufragio femenino. Creo que el ejercicio más productivo sería preguntarles qué opinan de esta escena a las futbolistas, atletas, nadadoras, remeras, piragüistas, luchadoras de artes marciales, boxeadoras, -tomen aire- baloncestistas, ajedrecistas, golfistas, arqueras, surfistas, patinadoras... que dedican sus esfuerzos en poner a Barbanza en la élite deportiva.

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