Lejos de casa, en Manhattan


Marzo. Sábado, día 24. Al anochecer de la jornada anterior aterrizamos en Nueva York. Avanzando en coche hacia Manhattan, desde un puente, divisada desde lejos, la ciudad iluminada nos parecía pequeña y humana en su resplandor nocturno. Y entonces recordaste a Walt Whitman, una de las grandes voces poéticas estadounidenses: «Ciudades prodigiosas y naciones libres nos saldrán al paso».

Es nuestra primera mañana en Downtown, como dicen allí. Acabamos de visitar el estremecedor espacio abierto para rememorar a todos los inocentes que cayeron muertos entre los escombros de las llamadas Torres Gemelas, en aquel inolvidable y de infausto recuerdo 11 de septiembre del 2001. ¿Cuántas veces hemos muerto antes de que llegue el momento decisivo? te preguntas delante de los grandiosos edificios y monumentos levantados o erigidos para evocar aquellos dolorosos y trágicos momentos.

¿Recuerdas, querida? Estábamos sentados en un banco de Battery Park, en la parte oeste del río, a donde habíamos llegado caminando después de haber contemplado las espectaculares imágenes de la ciudad desde el vertiginoso mirador del One World Trade Centre: chispas del mediodía caían sobre el lamento de las ramas desnudas de los árboles que adornan el paseo ribereño, donde aún quedaban en las esquinas restos de las nevadas que habían caído la semana anterior. Desembocamos más tarde delante del puerto donde se toma el ferri para ir hasta Long Island, frente a la corriente continua del Hudson, corriente central en la que se reflejan todos los objetos, todos los pequeños y sobresalientes seres y espectros que recorren día y noche las avenidas, calles y pasadizos de esta seductora gran manzana que es el corazón de Nueva York.

Estamos en la zona más puntiaguda de South Manhattan, donde confluyen los dos cauces con el mar. Mientras te entretienes tomando fotos, ahora que nadie me mira ni se fija en mi rostro y a la vez aspiro el húmedo olor de este deslumbrante mediodía helado, miro cómo un carguero o tal vez una gabarra, empujado por un remolcador, con el agua sobre la cubierta sellada, navega y deja una estela blanca sobre el gris espejo marino de la bahía. Desconocidos pájaros atraviesan la azulada tela del cielo lanzando graznidos salvajes sobre los relucientes rascacielos acristalados. A ras de tierra, la multitud camina indiferente bajo la mirada oblicua o vertical de las imponentes construcciones.

Mirando hacia el fondo, con la estatua de la Libertad, Ellis Island y State Island de referentes, reaparece de nuevo delante de mi Walt Whitman meciéndose su cenicienta barba y rezándome: «Que el lodo sea mi heredero, quiero crecer del pasto que amo. Si quieres encontrarte conmigo, búscame bajo el suelo de tus zapatos».

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