Campos de Barbanza


Me encuentro en mi hogar, observando desde la galería de la terraza cómo un chaparrón caza desprevenidos a gallos, gallinas y gatos. Habitualmente su relación se reduce a desconfiadas y perezosas miradas desde la lejanía y algún que otro rifirrafe si la comida es apetecible para ambas especies, pero ante la mojadura forman en fila india para entrar ordenadamente por la pequeña trampilla del gallinero. Minutos más tarde del simpático desfile, con el grifo del cielo más cerrado que el de una discoteca, saluda el sol con su reflejo, haciendo brillar los limones de las copas más altas del árbol. En ese momento, mis pensamientos se adentran entre las ramas del limonero y me repito: «Las malditas trampas, este año no pueden olvidársenos otra vez». Confío en que el impactante recuerdo de cuando aplasté aquella maldita avispa asiática -supe que era velutina porque hicieron falta dos pisadas- funcione a modo de pósit gigantesco en la nevera de mi memoria.

No es que no tenga sensibilidad por el resto de seres vivos, pero imagínense que un señor oriental se colase sin invitación para construir inmensas casas, mientras descansa devorando cabezas. No es de recibo aprovecharse así de la hospitalidad gallega. De repente, la voz de mi madre me devuelve a otra cruda realidad: «O limoeiro non pasa deste ano». Sigo la trayectoria de su dedo índice y reparo en que un importante número de frutos se han podrido antes de madurar. Ya hacía un par de años que el psílido africano de los cítricos se había dejado ver a través de las marcas de sus mustias hojas.

Crecí con ese limonero, mas creo que podré sobrevivir a su pérdida. Donde me asaltan las dudas es en el futuro de la agricultura de la comarca. Es verdad que la economía barbanzana no depende en gran medida ni de la venta de frutales y verduras, ni tampoco de la de la miel. Pero también es cierto que hay empresarios y apicultores que dedican sus esfuerzos a este sector, una labor que además ayuda a fijar población en las zonas de carácter rural. En los últimos años, estas personas han tenido que afrontar unas cuantas plagas que, de seguir aumentando la situación, ya amenazan con parecerse a un episodio bíblico. Y no me refiero a esto último como una profecía divina. Si los productores de patatas de Mazaricos se desesperan aguardando el momento de la siembra que acumula un mes de retraso por las constantes lluvias, deberían saber que el mal de la polilla guatemalteca ya ha aterrizado en la Costa da Morte, tras descubrirse un caso en Muxía. Si analizan el mapa de Galicia, no les será difícil advertir qué tierras podrían ser las siguientes en caer.

Debemos tomarnos estos peligros con seriedad y evitar interiorizar que ha sido algo inevitable, cuál marea roja con la que debemos convivir a partir de ahora, como dejó caer cierta conselleira. Puede que no sea tarde para alejar a los campos de Barbanza de los versos premonitorios que sembró Machado para sus Campos de Castilla: «La vieja mira al campo, cual si oyera pasos sobre la nieve. Nadie pasa. Desierta la vecina carretera, desierto el campo en torno de la casa».

Autor Antón Parada CIUDADANA

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