Las fuerzas del orden relacionan las oleadas de robos con unos 20 cacos

La mayoría son de la comarca y cuentan con múltiples delitos contra la propiedad


Ribeira / la voz

Se ha convertido en una batalla sin fin que los más veteranos afrontan con resignación, como si se tratase de una partida de policías y ladrones que se alarga hasta la saciedad. Lejos de ser un simple juego, Policía Nacional y Guardia Civil relacionan a una veintena de personas con las numerosas oleadas de robos registradas en Barbanza en los últimos años.

«Son unos cinco o seis por localidad. Gente que reincide continuamente, que ha entrado en prisión por robar y que, cuando sale, lo único que sabe hacer es esto, dar palos. Se lo toman como una forma de vida», apunta un agente de la zona con cientos de intervenciones a su espalda. Lo que tienen claro ambos cuerpos es que, con excepciones mínimas, siempre son vecinos de la zona y que, en ocasiones, rotan de localidades para intentar pasar desapercibidos.

En su hoja de visita, estos delincuentes no destacan por su gran habilidad para borrar sus huellas. Lejos de tratarse de ladrones de guante blanco, un funcionario los define como «auténticos chapuzas. Causan máis desfeitas nos locais nos que entran do que conseguen levarse. A maioría colle cousas que nunca conseguirá vender». Por ejemplo, en la última oleada que se vivió en Noia a principios de año, los cacos llegaron a reventar una máquina para niños, en cuyo interior, además de bolas que traen figuras en su interior, no había más que unos 20 euros.

Actualmente son los comerciantes de Ribeira los que sufren esta última oleada, aunque durante el pasado año, Porto do Son, Boiro y A Pobra do Caramiñal también vivieron episodios muy similares a estos. El modus operandi seguido prácticamente en todas las ocasiones no da lugar a dudas. Optando por la fuerza bruta, destrozan ventanales y puertas para entrar en comercios, principalmente hosteleros ya que, además de las cajas registradoras, tienen tragaperras y máquinas de tabaco, que fuerzan o destrozan para llegar a los cajetines donde están las monedas.

Es por este constante paso por los calabozos que muchos policías y guardias civiles, tras escribir decenas de diligencias sobre sus fechorías, ya conocen de estos sospechosos habituales su nombre, apellidos, fecha de nacimiento, dirección de su vivienda, además de cuando fue la última vez que salieron de prisión.

Delitos menores

A pesar de que esta veintena de personas cuentan con múltiples antecedentes penales, la mayoría de los delitos son menores, por lo que, aunque pasen a disposición judicial, normalmente no entran en prisión, como ocurrió la pasada semana en Ribeira después de que la Policía Nacional acusase a dos ribeirenses de 14 delitos contra la propiedad privada. «Si no hay violencia u agresiones, es complicado que los envíen a la cárcel. Aunque molesten y agüen la fiesta a los vecinos, es necesario reunir muchas pruebas y que estén implicados en una gran cantidad de delitos», apunta un agente que trabaja en la comarca, y que recuerda a un barbanzano que hace un lustro superó con creces el medio centenar de detenciones.

El atenuante de la drogadicción es otra cuestión que también destacan los funcionarios de las fuerzas del orden, ya que, gran parte de estos individuos padecen adicción a distintas sustancias estupefacientes. «Fan estas cousas para conseguir os cartos para a seguinte dose», afirma un veterano policía.

Los grupos organizados no pasan más de un día en la zona en la que actúan

La diferencia entre los grupos organizados y la veintena de delincuentes habituales de la comarca que actúan continuamente en Barbanza radica en el modus operandi que utilizan para atentar contra la propiedad privada. Mientras que los locales suelen robar y causar destrozos durante semanas, los cacos de guante blanco pasan como mucho una noche en la misma localidad en la que actúan.

Estas bandas incluso llegan a especializarse, por lo que aquellas que trabajan en polígonos industriales, poco tienen que ver con las de ladrones de joyas o con los que se centran en chalés. Es por ello que su control es casi imposible para los agentes. «Saben a lo que van. Se habla mucho de Europa del Este, pero pueden ser de Toledo y mañana viajar a Palencia», afirma un guardia civil.

Conocedores del terreno que pisan, en algunas ocasiones pueden contar con informadores que les explican qué zonas están más o menos vigiladas y las horas a las que pueden dar el golpe. Lo suficiente para marcharse sin dejar ni la menor pista.

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