No me cuenten más milongas


No me cuenten más milongas. No me digan que días como el de hoy, que reivindica los derechos de la mujer, el del orgullo o el del trabajador no son necesarios. Por favor, no usen argumentos como que vivimos en democracia y que todos somos iguales. Aunque se lo repitan, saben de sobra que no es cierto. ¿Para qué el Día del Orgullo si ya tienen todos los derechos y hasta se pueden casar?, dicen algunos sabios pensadores sobre los homosexuales. Las mujeres ya pueden trabajar, salir de casa sin permiso del hombre y hasta votar en unas elecciones, y los derechos de los trabajadores están salvaguardados. En serio, no me vengan con cuentos.

En este país la igualdad está lejos de conseguirse. La exclusión por género, orientación sexual o raza está a la orden del día y se ve en las acciones más cotidianas, sin necesidad de hablar de las violentas. Ayer, antes de regresar a la redacción después de comer, paré a tomar un café. Sentadas a pocos metros había un grupo de mujeres que conversaban. Hablaban precisamente de las actitudes machistas. Una de ellas comentaba que cuando fue a mirar pisos con la intención de comprar uno -o alquilar, no estoy seguro- lo hizo acompañada de su padre, por eso de tener alguien cerca en quien apoyarse para tomar una decisión tan trascendental. Narró a sus compañeras de mesa como en uno de los pisos -que no compró-, a pesar de ser ella quien hacía las preguntas, el vendedor se dirigía a su padre, que tan solo estaba como oyente.

Es un detalle que parece no tener importancia, pero que se repite en muchos ámbitos y de forma habitual. Hace no mucho tiempo hablaba con una amiga y me preguntaba si yo me sentía observado al entrar en un bar solo y pedir una cerveza o, incluso, si me apetecía, una copa. Si pensaba que yo llamaría la atención de alguien por hacerlo. Mi respuesta fue que no, pero claro, a ella le pasó. Ella lo hizo y todos los machos del bar fijaron su vista en esa mujer que entró en un local a comprar tabaco y de paso se tomó una caña.

Ocurre también en áreas como la medicina. No es extraño que un paciente ingresado reciba la visita de una médica y pregunte ¿cuándo vendrá el doctor?, sin saber, siquiera, si el profesional varón que lo atendería ha leído la tesis o no. O que una médica y un médico, los dos vestidos con sus batas identificativas, se presenten en una habitación para analizar el estado de un enfermo y que este, de entrada, se dirija al hombre. La desigualdad existe en los salarios, en el trato profesional y en la vida. Que una mujer tenga derecho a votar, que una pareja homosexual pueda casarse o que se haya abolido la esclavitud -entre otras cosas que han costado sudor y sangre- no quiere decir que los días reivindicativos deban morir. Aún queda mucho por lo que luchar.

Autor Fran Brea CIUDADANA

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