No existe lluvia capaz de extinguir el carnaval barbanzano

La comarca se despidió de la celebración de la máscara y el confeti con los míticos entierros del Miércoles de Ceniza

j. m. sande
ribeira / la voz

Bien es cierto que si en Noia se tomaba la decisión de indultar por tercer año consecutivo a la Sardiña de su entierro, el Toribiño rianxeiro ganaba al menos cuatro días antes de acabar siendo pasto de las llamas. No obstante, la temida lluvia que se preveía para el Miércoles de Ceniza no fue suficiente para aguarle la fiesta a centenares de barbanzanos que se despidieron del carnaval entre llantos y carcajadas, singular mezcla que solo pueden destilar este tipo de entierros.

Sin embargo, no en todos los concellos se apostó por realizar alguna de las míticas ceremonias que ponen punto y final al carnaval. Este fue el caso de Carnota, donde, ya de mañana, los pequeños de entre 6 y 12 años pudieron disfrutar de algunos de los juegos que tuvieron lugar en el polideportivo Lamas de Castelo. Entretanto, los noieses pudieron acercarse al mercado municipal para observar a la sardina perdonada que coronaba, apropiadamente, uno de los puestos de venta de pescado.

La siguiente parada tuvo lugar en Outes, donde a partir de las cinco de la tarde se celebró el tradicional concurso de disfraces en el polideportivo de A Serra. Un total de seis comparsas, cinco grupos y muchos particulares compitieron por llevarse alguno de los premios. Cuando finalizó el certamen tuvo lugar el entierro de la Sardiña, al son de la charanga BB+, para despedirse con chocolate y bizcocho.

En Muros fue la Banda de Trompetas y Cornetas Don Diego de Muros la que puso melodía a un desfile menos concurrido que en otras ocasiones, pero al que no faltaron las señoras lloronas en la comitiva que acompañó a Facundo a su desenlace.

Las últimas paradas

Los otros dos grandes entierros tuvieron lugar en Ribeira y en Porto do Son cuando el reloj marcaba las siete de la tarde. Los sonenses partían de la casa de la cultura parar echarse a recorrer las principales calles de la localidad en dirección a O Tendedoiro, la última parada del querido Felipiño antes de ser incinerada bajo la mirada de centenares de vecinos.

«Adeus, Felipe, adeus», podía escucharse de las decenas de bocas ocultas tras negros velos de las lloronas ribeirenses. Ese fue el punto de partida que dio inicio a un pasacalles que desplegó a una marea de fiesteros en los últimos compases del carnaval, interpretados, por supuesto, por la charanga O Santiaguiño de Padrón.

Una vez que la figura realizada por José Callón fue exhibida por los principales puntos del casco urbano de la capital barbanzana, el acompañamiento fúnebre llegó a la plaza de Pontevedra, donde todos los lamentos fueron apagados por el crepitar de un fuego que se tragó a Felipe y, con él, se avivaron los recuerdos de diversión recogidos por cada uno de los presentes durante los últimos días. Solo queda esperar la caída de hojas del calendario.

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