Gonzalo Sarasquete: Las manos que esculpen la crítica social en piedra

El ribeirense acaba de ganar un concurso para realizar una obra en memoria de las víctimas de la Guerra Civil


ribeira / la voz

Cuando era solo un chico, Gonzalo Sarasquete Fernández (Ribeira, 1961) se divertía dando forma a la plastilina y, a medida que se iba haciendo demasiado sencillo, comenzó a fundir plomo, a mancharse las manos de arcilla, a tallar corcho y madera sin percatarse de que aquel juego acabaría por moldear algo más que sus dotes artísticas y efímeras piezas que se rompían. Estaba esculpiendo su futuro.

En la actualidad, Sarasquete se ha convertido en uno de los artistas plásticos más reputados de la comarca, tras exponer en galerías madrileñas, Sargadelos o ciudades como Sevilla, Burgos, Valladolid o Palma de Mallorca, donde reside. Algunas de las monumentales creaciones del ribeirense han llegado a Salamanca, aunque también cuenta con piezas en Barbanza que denuncian temáticas como la sobreexplotación pesquera o el cambio climático. Precisamente, el último proyecto en el que trabaja, Tódolos silenciados, se trata de una escultura que será instalada en O Confurco (Lousame) en homenaje a las víctimas del alzamiento fascista de 1936.

Los inicios

Aquella Ribeira de la adolescencia del escultor acusaba grandes carencias de referentes artísticos y era prácticamente imposible encontrar un profesional que le enseñase las técnicas necesarias. Por ese motivo, cuando terminó los estudios en el IES Número Un se propuso marcharse a Bilbao para realizar la carrera de Bellas Artes, pero el traslado de expediente no llegó a tiempo y se matriculó en Historia, en la Universidade de Santiago.

Corría el 1982 en Compostela, el año de la visita del papa, y Sarasquete ya había intentado que un maestro de la imaginería de la catedral le aceptase como pupilo, ya que se sentía inclinado por dicho oficio. «No me aceptó, pero sinceramente, fue mejor así», recordó el ribeirense irónicamente, porque en aquella época recibió una lección mucho más importante de un amigo y escultor pobrense: «Me aconsejó que no me dedicase a la restauración o a la reproducción en serie, me aconsejó que crease».

Al año siguiente se produjo la inevitable explosión, al ingresar en la facultad de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca después de haber sido uno de los 60 admitidos tras aprobar el examen de ingreso. Un mundo nuevo se abría ante sus ojos, la riqueza de conocimientos compartidos entre los estudiantes, las visitas a los museos de Madrid cada fin de semana, en plena ebullición artística de los ochenta.

«Mientras algunos estudiantes conversaban sobre el esnobismo de Nueva York y Londres, yo me redescubría a mi mismo», indicó el artista, que no tardaría en hacerse un hueco entre el movimiento Atlántica, una corriente vinculada a la figuración y cargada de simbolismo.

Entre dos firmas

El ribeirense se había lanzado al estudio de la anatomía, modelando cadáveres y cráneos, pero no fue hasta una visita a Zamora cuando vio un minúsculo adoquín en la calle que después transformó en una poutada. Aquella revelación supuso el inicio de una serie de obras vinculadas al mar y con rasgos claramente galaicos que se tradujeron en el uso de materiales como granito, madera, pizarra, losa gallega o el sulfato de cobre que recuerda a las marcas que dejaba este producto sobre los postes que sujetan las vides.

Mientras cursaba tercero de carrera, Sarasquete fue contratado para exponer en las galerías Villalar y Juana Mordó de la capital. Pero sufrió un accidente de moto que le apartó del taller y le sumió en un parón creativo de nueve años, por lo que se marchó a Palma de Mallorca donde ejerció como docente.

Podría decirse que existen dos artistas condicionados por las firmas: Sarasqueta y Sarasquete. El primero, apodo en honor a la marca de escopetas, constituye su etapa inicial hasta 2009, con relevantes muestras como la del certamen internacional de Pollensa o la de Acta 88 celebrada en el Palacio de Velázquez, en el El Retiro, así como su paso por salas como Velarde 20 o la vallisoletana Teresa Cuadrado. Su madurez artística se alcanza al acuñar su propio estilo, bautizado por el gremio como «reduccionismo caliente», que, a través de la sencillez del minimalismo, logra un impacto directo del mensaje y la crítica social.

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