Afafe Halil: «Cuesta empezar, pero hay que hacerlo aunque sea desde cero»

La violación que sufrió a los 15 años fue el inicio de un calvario que siguió con dos episodios de maltrato


Ribeira / la voz

Tras caer en lo más hondo del pozo, no una vez, sino varias, es posible salir de nuevo a flote. Ese es el mensaje que quiere transmitir Afafe Halil, una marroquí que reside en Ribeira, ciudad en la que, según reconoce, ha encontrado los apoyos suficientes para reiniciar una nueva vida al lado de su hija. Tiene el mérito de haber sido capaz de dejar atrás, no un episodio de malos tratos, sino dos, a los que hay que sumar una violación cuando tenía solo 15 años.

Fue este aterrador suceso el que marcó para siempre la vida de Afafe Halil. Era casi una niña cuando ocurrió y se vio obligada a tragar la pena y a llorar a solas: «No podía decir nada, porque en Marruecos, sobre todo antes, la violada quedaba señalada para siempre». Consciente de que no tenía futuro en su país, decidió emprender el camino a España: «Mi madre me compró un contrato en Andalucía por 11.000 euros y empecé a trabajar en un restaurante».

Se enamoró de un marroquí que residía en Benidorm, al que confió aquel terrible secreto, y se casó: «Lo veía moderno y pensé que lo entendería, pero siempre me echaba en cara no haber llegado virgen al matrimonio». Halil apostó siempre por trabajar, pero incluso esa decisión de ser independiente económicamente jugó en su contra: «Del 1 al 5 de cada mes era respetada, pero en cuanto entregaba el dinero en casa empezaba el calvario». Asegura que las palizas llegaron a provocarle un aborto, pero se veían incapaz de poner tierra de por medio: «Él me amenazaba con contar lo de la violación a mi familia».

El segundo error

El nacimiento de su hija, en el 2011, le hizo abrir los ojos. Afafe Halil se separó y buscó en unos familiares que tenía en Ribeira el apoyo que necesitaba para salir adelante: «Me empujaron al matrimonio y de nuevo volvieron los malos tratos». Amenazas con destapar cuestiones de su forma de vida censuradas por la comunidad árabe retrasaron una separación que se hizo efectiva a raíz de una gran paliza: «Solo en ese momento fui consciente de que la policía y la trabajadora social estaban para protegerme y para ayudarme».

Ahora, un año después de obtener el divorcio, esta ribeirense de adopción siente la necesidad de contar su historia, para que sirva de ejemplo: «Cuesta empezar, pero hay que hacerlo aunque sea desde cero. Me siento libre, dueña de mi vida, me visto como quiero, me maquillo, tomo un café con una amiga... Hago una vida normal».

Ella, que tanto miedo pasó en el momento de enfrentarse al mundo, tiene ahora claro que no dará marcha atrás: «Animo a otras mujeres a que no aguanten, a que no vivan sometidas. Pueden vivir, trabajar y salir adelante con sus hijos».

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