El protector de aquellos que surcan los cielos

Este ribeirense trabaja para la compañía Swift Air realizando revisiones de su flota internacional de aeronaves


ribeira / la voz

Antonio Hombre Vizcaya (Ribeira, 1990) siempre fue dejando pendiente la respuesta a la pregunta de qué querría ser en el futuro porque antes debía resolver muchas otras, y así satisfacer el compromiso con una curiosidad innata y abismal. Siendo solo un niño, era habitual verle articular piezas motorizadas de mecano, hasta que aquel juego se le hizo insuficiente y cada vez que se sustituía un aparato electrónico en casa, los secretos de las entrañas de la radio o del reproductor de VHS salían a la luz bajo sus manos. En la actualidad, nada ha cambiado. Antonio Hombre sigue siendo aquel chico curioso. Solo que ahora monta y desmonta aviones.

Hoy el ribeirense es uno de los ingenieros aeronáuticos que trabaja para la prestigiosa firma Swift Air, una aerolínea con más de medio centenar de aeronaves, tanto de pasajeros como de carga. Aunque desempeña su profesión habitualmente en Madrid, Hombre se encuentra en estos momentos en Bulgaria, dónde lleva cerca de dos meses trabajando en acciones de revisión intensivas. Pero, como en su ocupación, para que su carrera laboral aterrizase sobre la pista del éxito antes tuvo que despegar.

La senda del esfuerzo

«Para ser ingeniero es fundamental que seas una persona analítica, creativa y curiosa», explicó el ribeirense de unas características que, sumadas a su facilidad para el dibujo y el diseño que heredó de su padre, fueron determinantes a la hora de matricularse en la carrera de Ingeniería Técnica Aeronáutica -especialidad aeromotores- en la Universidad Politécnica de Madrid.

Antonio Hombre relata que no fue fácil adaptarse a una de las titulaciones más exigentes y duras de todo la oferta formativa del país: «El primer año éramos 60 y al segundo solo quedábamos 19». El nivel que requerían los estudios en materias como Física o Matemáticas era muy superior al que había recibido en secundaria, por lo que la complementación de las clases con academias fue inevitable. Por si fuese poco, cada vez que el ribeirense terminaba su jornada académica a las ocho de la tarde, comenzaba una nueva trabajando como repartidor hasta la una de la madrugada, para así poder ayudar a su familia a financiar su estancia en la capital.

A pesar de que tradicionalmente, Ingeniería Aeronáutica era una carrera prácticamente sin paro, el golpe de la crisis económica del 2008 no pasó desapercibido en el sector, aumentando la competencia a niveles insospechados. Antonio Hombre nunca se rindió y fue especializándose por su cuenta en ámbitos como el diseño, algo que después marcaría la diferencia para obtener una de las escasas becas que le dio acceso a un año de prácticas en la compañía Swift Air. Cuando cumplió el séptimo mes, ya estaba contratado.

Desde el hangar

«Hacemos cosas que otras aerolíneas no hacen, como contar con aviones capaces de aterrizar sobre una pista de tierra», destacó el profesional de naves destinadas a, por ejemplo, realizar misiones de ayuda humanitaria en el corazón de África. Esa es una de las múltiples razones por las que Hombre ama su trabajo, que le ha llevado a conocer países como Irlanda, Holanda, Estonia o Alemania y que le llevará a otros como Estados Unidos, para asistir a congresos y conferencias.

«Intentamos que la mayor preocupación de la gente sea si perderá la maleta», explicó el joven de una rutina laboral donde el error no tiene cabida y la coordinación de sus funciones es milimétrica a escala global con la sede en Madrid. Para él, lo que le ha enganchado a esta vida ha sido la capacidad de que se le planteen retos que solventar a diario y así superarse y crecer profesionalmente.

Aunque en Bulgaria el horario le está obligando a ejercer de lunes a domingo en el hangar, la posibilidad de conocer a tantas personas de culturas distintas o poder montarse en modelos clásicos de aeronaves, como un Antonov-26 de hace más de una década, lo compensa todo. Casi todo. Porque Antonio Hombre solo tiene una pasión equiparable a controlar con la precisión de un relojero cada componente del avión, y es el regresar con su novia, familia y amigos a su Ribeira, a la que nunca desaprovecha la oportunidad de retornar dónde puso su primera pieza.

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