Merece la pena salirse del guion


Siempre he pensado que si la vida real tuviese un guion como el de una obra cinematográfica o teatral a los personajes -perdón, personas- nos sería sobradamente más fácil percatarnos de los precisos instantes en los que se produce un hecho determinante en el marco de la historia. Con esto me refiero, por ejemplo, a la luz del foco atenuándose sobre el escenario para indicar el momento del beso o a un repentino fundido en negro que deja entrever que alguien no volverá a aparecer en pantalla hasta el correr de los créditos, el equivalente artístico a nuestros aburridos epitafios. De haber contado con estos recursos técnicos no habría tenido que emplear, a posteriori, la reflexión del bolígrafo y el papel sobre el diván de la silueta del flexo.

En ese sentido, donde siempre he tenido más dificultades para situarme ha sido en esas etapas en las que supuestamente ocurre algo que nos hace madurar. Permítanme que les cuente una de ellas. Desoyendo la práctica totalidad de consejos académicos recibidos, llegaba a Santiago con el objetivo de enfrentarme a la prueba de acceso a la universidad, la PAU -la Lomce ha desactivado el chiste de aquellas siglas renombrando al examen como ABAU-, eso sí, sin apenas haber tocado un apunte en esas semanas previas tras terminar bachiller. A pesar de haber estado antes en la capital tantas veces, esa ocasión sería diferente porque dormiría solo con un amigo en una casa prestada. Era como si ya estuviéramos en la universidad. Las dos primeras jornadas las resolvimos sin más incidentes que los clásicos nervios y lamentos a la puerta de la facultad de Matemáticas, para, una vez dentro del aula, descubrir que no era para tanto como nos habían dicho.

Cuando había terminado el último examen del segundo día, delante de una considerable jarra de cerveza, caí en la cuenta de que, a diferencia de mis amigos, no saldría esa noche para saldar mi deuda con la historia del arte, así que salí corriendo. Aquella noche me propuse desempolvar las cronologías de la acrópolis, pero lo único que hubo de Grecia fue una tragedia. En medio de la madrugada alguien tocó la puerta furiosamente para amenazarnos de forma incomprensible. Tras una hora en silencio intentamos dormir hasta que volvieron a llamar. Me acerqué a la puerta con un cuchillo inofensivo hasta para la mantequilla y descubrí aliviado que eran los colegas con cierto punto de ebriedad. Al día siguiente tuve valentía suficiente para cortejar a La maja desnuda de Goya. Puede que no reflejase todo lo aprendido en aquella selectividad, pero la experiencia me sirvió para lo que vendría. Y ese es mi consejo para los que hoy la afrontan: calma, vuestro guion solo lo podéis escribir vosotros.

Por Antón Parada CIUDADANA

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