Huir


Como todo buen cobarde, en estas fechas en que la vida me aprieta, pienso en huir lejos. Voy a Google, busco «búnker en la Antártida» y fantaseo con irme acompañado de un montón de folios, un lápiz, un perro, una guitarra, una espada, un escudo, culpa y un mechero. O quizá algo como Thoreau: una pequeña cabaña en los bosques de Massachusetts, con un huerto, un Winchester modelo 88 y unas gallinas. Aprender a trabajar metal y madera con lijas y formones; construir mis propios muebles, recolectar frutos, mirar llover, ser perseguido por un oso, sentirme pequeño, dejarme frondosa barba...

La sociedad nos adoctrina en que es un peligro enamorarse de la soledad, de su adictiva paz. El amor a nuestros seres queridos es una cadena que nos ata al mundo. Pero, a veces, yo no puedo evitar convertir mi habitación en una hoguera en la playa, me tomo unas cervezas y quedo esperando a que Soledad llegue como amante furtiva. Nos contamos historias y bailamos borrachos alrededor de la lumbre. Me dice: «Cuando se extinga el fuego cada uno se irá por donde ha venido, volverás a tu cuarto y yo al corazón de todos los hombres. No me llames más».

Se va y me tiro en cama. Hecho un ovillo, sollozo y sueño que soy el último hombre de la tierra que, con un bastón alto, voy andando descalzo por las ruinas de este mundo, muchos años y muchos kilómetros, cantando por los caminos take me home, to the place I belong, hasta que mis pasos se acaban y, anciano y cansado, me siento a la sombra de un ciprés a morir. Me despierto, la llamo, pienso en huir, como todo buen cobarde.

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