El corazón de mi padrino


El corazón de mi padrino eran sus dos manos sabias y pequeñas, con ellas hacía un truco de magia que sabe hacer muy poca gente: le dabas un problema y él te devolvía una comprensión cálida, un vapor del alma. Durante nuestra última conversación tuve que irme a estudiar y él me dijo, como permanentemente me ha dicho en los últimos 30 años: «Seguro que lo haces bien, ahijado», y yo, que todas las veces lo he hecho mal, en los lagos de redención que eran sus ojos siempre hallaba otra oportunidad.

El corazón de mi padrino era un violín, lo tañía al hablar y en su voz sosegada bailaba una melodía que salpicaba a los demás a ser mejores personas. Y ahora, que está allá arriba con nuestra querida Tinuca, casi puedo oír cómo le dice «mira a mi ahijado, seguro que lo hace bien». Y siento que esa katana llamada infarto me ha amputado un trozo de alma, pero no me importa, padrino, porque te lo llevas contigo y con Tinu y yo solo quiero mi alma para que la tengáis vosotros.

El corazón de mi padrino es el nuestro. Latimos con él. Pero algún día, Suso, cuando nos volvamos a ver al otro lado de la noche, podré decirte que por fin lo hice bien, que nos costó mucho asimilar tu marcha, que el modelo de indulgencia y humanidad que nos dejaste nos ayudó a sobrellevarla, que cosimos tu recuerdo a los labios del minutero y estuviste con nosotros todo el tiempo, con cada beso del reloj. Que las huellas que dejaste al caminar por la arena de la playa del Touro estarán ahí para siempre, jamás se las llevará el mar.

A la memoria de Jesús Taboada López, mi padrino.

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