Esa vieja de dientes negros


Sucedió en Madrid. Me había pasado la noche bebiendo en tugurios que no salen en Google Maps. Amanecía y yo, sentado en un banco del parque del Oeste, le contaba a mi vaso de plástico que un día sería un gran poeta. Entonces la vi. Una vieja de dientes negros y ojos de ataúd. Se sentó a mi lado. «No vales nada», me dijo. Y la llevé a casa. La lavé, froté con una esponja todos sus imposibles, la alimenté, cambié su pañal. Ella se me quedaba mirando. «Lo has estropeado todo», me dijo. Y la escuché. La noche colgaba de un gancho de carnicero. Ella me señalaba con sus dedos llenos de hienas que reían. «Mátate. Salta por la ventana y aplasta las flores», me dijo. Y se metió en mi cama.

La vieja, vestida de escorpiones, me manoseaba detrás de cada canción, detrás de cada folio, detrás de cada cara. El alcohol ya no me anestesiaba, solo dolía, en él buceaban todos los gusanos de su pelo purulento. Al mirarme en el espejo mis dientes eran negros. «Te odio», me decía aquel reflejo especular, que era ella, que era yo.

Fue una época muy dura, tuve que rehacer mi puzle en medio del huracán de su aliento fétido, tuve que afilar la navaja con ansiolíticos. Un día cualquiera en que ella no miraba aproveché, saqué la faca y le descerrajé las entrañas, «casi me jodes, puta», le grité. Y, aunque a veces todavía me persigue entre la gente, queriendo caer sobre mí como el banco de pirañas que es, la vieja Depresión sabe que mi daga le atravesó las tripas, que esta boca es mía, y sabe también que en este papel, que escribo a cuchillo, su sangre me sirve de tinta.

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