El artista que convierte el pasado en joyas

El artesano Fernando Gallego adquiere piezas de anticuario certificadas para realizar obras únicas en su taller de Outes

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Ribeira / la voz

Podría decirse que Fernando Gallego Santiago (Pontevedra, 1973) aprendió el oficio de la orfebrería a través de la mirada curiosa de un niño que jugaba por las tardes en el taller de su padre. Aunque estudió la carrera de química, la profesión ya se había engarzado inevitablemente a su vida y en la actualidad cuenta con 25 años de experiencia. Tras conocer a la que ahora es su esposa, Paula Iglesia, juntos emprendieron el sueño de abrir una joyería en Serra de Outes. Solo que a veces cuesta distinguir a esta de un auténtico museo.

Entre las piezas de joyería clásica y las personalizadas que albergan los expositores de su local, los clientes pueden encontrarse una punta de flecha persa de 2.500 años de antigüedad transformada en un colgante, una moneda del emperador romano Antonino Pío del año 150 a. C. incrustada en una pulsera o un escarabajo egipcio próximo a la época de Tutankamón que regresa 3.700 veranos después para alejar las maldiciones.

«Se trata de devolverle la vida al pasado» y que «cualquiera pueda llevar encima un pedacito de historia», explica Fernando Gallego de una técnica que comenzó a trabajar hace ocho años, con una moneda de César Augusto de hace dos milenios. Enamorado de las novelas y publicaciones históricas, el orfebre ha llegado a recibir visitas de escolares outienses para admirar sus creaciones o ejemplares de su colección personal, como una lámpara bizantina o una figurita china de un caballo perteneciente a la dinastía Ming.

Artesanía eterna

Gallego mantiene el mismo pulcro compromiso con la historia que con su trabajo. Por ese motivo, cada antigüedad a convertir en joya proviene de cuatro de los anticuarios más reputados de todo España -con subastas en Holanda, Múnich o Londres-, y su correspondiente certificado de autenticidad. «Lamentablemente, en los tiempos que corren hay que asegurarse de que no vengan de guerras y expolios», destaca el artesano.

Al proceso habitual de creación de una pieza, por ejemplo tallando una gema preciosa, hay que sumarle la meticulosidad de quien está manejando un objeto con siglos de existencia. Por lo que algunas de estas joyas cuentan con semanas de elaboración. Además, Gallego tiene su propia regla, «la antigüedad debe quedar siempre intacta», pues no la perfora ni la lima, con la intención de que su valor se mantenga a lo largo del tiempo.

«Lo más bello es tener la libertad de convertirlo en lo que yo quiera», confiesa el orfebre, que nunca sabe qué forma acabará tomando la pieza cuando se convierta en joya, pero tiene claro que si el resultado final no logra arrancarle una sonrisa de satisfacción, el proceso volverá a empezar. Quizás sea ese perfeccionismo el que explique los numerosos encargos que recibe de particulares estadounidenses, ingleses o australianos.

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