Volver a Ribeira


El regreso de gente a la Centenaria en Semana Santa me recuerda a los años en que viví en Madrid como un poeta sin poesía. Dicen que si encuentras el amor de tu vida muy joven lo mejor es huir. Y yo escapé de mi amada Ribeira, idealizándola de lejos. Me fui como hijo pródigo sin saber si volvería, pero sin dudarlo.

Ejercí de funambulista en la cuerda floja del canallismo y el ojalá, príncipe mendigo desde Gran Vía hasta Moncloa, la alcantarilla me aceptó como uno más. Pero, cuando pensaba que estaba adaptado a la vida metropolitana, el sacrosanto verdor del Bernabéu me recordó a las vaquiñas que pastaban en los alrededores del Galaxia. Madrid apestaba y, de entre todas las pestes, faltaba la que necesitaba: el olor a bosta que eleva el espíritu. Me di cuenta de que yo era solo un trozo de carne alejado de la brocheta en la que debería estar clavado.

Con menos pelis de Stallone y más de Paco Martínez Soria lo hubiera sabido, la ciudad no es para mí. Volví a Ribeira una Semana Santa y, aun acostumbrado a los rascacielos de la capital española, me sorprendió ese monolito eclipsa-soles: el Edificio Caja de Ahorros me recordó mi pequeñez ante el cosmos. Me había marchado rompiendo los caminos con solo pisarlos, pero volvía, doblando la cerviz, con las alas ennegrecidas de tanto fracaso vital. Así que le pedí a la brocheta que me atravesara el tórax para sanarme. Y ya, clavado a esta ciudad que mezcla Gotham y Macondo, zurcida mi piel a la piel de Ribeira, la luz que pensaba encontrar al subirme a un avión la hallé en la estela que dejan nuestras gaviotas al volar.

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