Paisaje desde mi galería

Maxi Olariaga MAXIMALIA

BARBANZA

06 mar 2017 . Actualizado a las 21:33 h.

MATALOBOS

Desde mi galería veo como agoniza el amanecer profanado. Cristales y besos rotos, máscaras y serpentinas muertas, pisoteada su alegría. La lluvia arrastra calle abajo los despojos del alcohol y de la cocaína. Los arrepentimientos ruedan amontonados como un enjambre de avispas enloquecidas camino del malecón. Y en la tormenta, se ahogan los alaridos envueltos en pentagramas caóticos. Las palomas rebuscan en los trigales de la desesperanza el alimento último que dejaron atrás las tropas en retirada. Allá abajo se halla la frontera de otro mundo que se extiende como una úlcera de lepra separando mi edad herida de la insultante belleza de los días de juventud. No acierto a comprender el silencio de las ausencias que hace una hora habitaban bulliciosas el paisaje. La melancolía trepa como un lagarto de nieve y entra en mi nido a través de los cristales invadiéndolo todo. Mi mundo minúsculo se deprime sin remedio y el mutismo espeso que deja a su paso va apagando las lámparas, la estufa y la sinfonía de Mahler que habitaba la aurora de cuarzo en la que sobrevivo. Mi casa ahora se queda desnuda y yo, asomado a la galería, me convierto en una bandera blanca que pide ayuda al infinito desierto.

Destellando a ritmo de urgencia menor, también en silencio, pasa una ambulancia entre los nogales que sirven de cortina a la carretera de Testal. La infecta herida de la calle se abre más y más y su sangre asusta a las palomas que emprenden su vuelo tosco en busca de mayor fortuna en los graneros de la Alameda. El tiempo se apelmaza y transcurre viscoso e indolente resbalando por los tejados hasta derramarse gota a gota sobre la ciénaga. Todo está pulcramente detenido. Los dioses duermen satisfechos por los homenajes y los banquetes y solamente una campana habla con los cielos sordos de este amanecer malherido. Los estertores del carnaval, cada vez más pausados y menos violentos, convocan a la lluvia y al viento de travesía. El sol intenta de vez en cuando sacarse la venda con la que el orgullo humano cegó su luz en estos días y, tras las nubes preñadas de lagos estériles, descansa el invierno amenazante dispuesto a abortar la primavera. Entonces recuerdo el poema. Y al poeta.

Y, como los eslabones perdidos de la gran cadena que debería unirnos, un hilo de voz se me escapa de la rueca que oculto en mi garganta: «Ven a mi propio ser, al alba mía,/ hasta las soledades coronadas./ El reino muerto vive todavía./ Y en el Reloj de la sombra sanguinaria/ del cóndor cruza como una nave negra». Pablo Neruda me vence y me convence y acudo a él por si en sus manuscritos hallare una jaculatoria que redima la estremecida soledad de las pocas flores que aún cultivo. Calle abajo, ciertamente, se va la vida no vivida y también lo que pudo ser amor y se convirtió en un ogro furioso e implacable.