Grandes delitos que precisan poco sitio


Antes de nada, prometo no citar a Winston Churchill, ni hacer apología de esta democracia que nos brinda la posibilidad de verter críticas hacia la misma. No vaya a ser que desgastemos el material para recursos de redes sociales y hasta al propio sistema. Seguramente no habrá pasado inadvertido un suceso que levantó la polémica en todo el país hace solo unos días. Se trata de la reciente sentencia del Tribunal Supremo acerca de la pena de un año de prisión impuesta a César Montaña Lehmann, alias Strawberry, integrante de la banda Def Con Dos, por enaltecimiento del terrorismo. Una decisión que ni la Audiencia Nacional -heredera del antiguo Tribunal de Orden Público- consideró de tal gravedad. Basta decir que hasta el Wall Street Journal se hizo eco de esta noticia.

Es bien sabido que el arte o la música siempre han levantado pasiones y desatado desgracias por la forma en la que trasladan su mensaje a la sociedad, a veces de forma revolucionaria o viral. Quizás por este motivo, Federico García Lorca reposa en alguna cuneta perdida o, más próximo en el tiempo, explica que el rapero heleno Pavlov Fryssas fuese asesinado a tiros por miembros del grupo neonazi ilegalizado Amanecer Dorado.

Mas puede que el lector no sienta ningún tipo de empatía o simpatía por artistas de izquierda. En ese supuesto, podría vestir por unos minutos la piel de la usuaria española de Twitter a la que le piden también un año de cárcel por hacer chistes en esta red social sobre la muerte del presidente del gobierno franquista Luis Carrero Blanco. Sé que está mal reírse de cualquier fallecido, pero por favor, ¿de verdad hay alguien que no es capaz de ver el término franquista en su relación de cargos? Por encima, los internautas se han hartado de documentar casos similares, como un chiste impune hallado en un libro de Tip y Coll de la transición, muy similar a los de la joven.

Se preguntarán a dónde quiero llegar. Pues quisiera hacer funambulismo sobre la delgada línea que separa la libertad de expresión del castigo. Y en estos tiempos, la respuesta de «donde empieza la mía» ya no parece tan rotunda. Puede que no recuerden el último caso que quiero mostrarles. Hace tiempo, un par de jóvenes fueron detenidos en la comarca, durante el transcurso de una manifestación, por portar una pancarta con un lema susceptible de violar la Ley de Segur... Perdón, la «ley mordaza». Pienso en ellos y en la vorágine de pensamientos que recorrió sus cabezas aquella noche en el calabozo, pues es bien sabido que los sueños no afloran entre los barrotes. ¿Quién les iba a decir que la línea que separa la libertad de expresión cabría en una sábana, en 140 caracteres o en una canción?

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