El relativo castigo de pasar frío


Alguna gente decidió pasar un poco de frío esta semana, y no lo hizo en solidaridad con los miles de refugiados que están sufriendo la ola de frío siberiano en Grecia, sino con el afán de castigar a las compañías eléctricas que están especulando descaradamente con las subastas de energía para saquear los bolsillos de los ciudadanos. El «castigo» consistió en reducir el consumo en las horas más caras del kilovatio. Desconozco la eficacia de la protesta, pero me temo que ha sido insuficiente como para forzar, si quiera, una mínima reflexión en esa especie de mercado persa que la última ocurrencia de un ministro puso en manos de unas empresas que llevan años quejándose de un déficit tarifario, pero, paradójicamente, multiplican sus beneficios de ejercicio en ejercicio.

No culpo a las compañías de los abusos a los que someten a los usuarios, sino a quienes lo consienten, que son los mismos que saquearon al país y culparon al ciudadano por haber vivido por encima de sus posibilidades; los mismos que tienen la espada de Damocles de la Hacienda pública sobrevolando hasta la calderilla olvidada en el bolsillito del pantalón vaquero, que ejercen una presión asfixiante en el administrado que ve en primera persona cómo se han deteriorado los servicios públicos. Pero claro, todo tiene una explicación: lo que hacen con su pasividad ante tan vergonzosa especulación es sumar puntos para, cuando acaben su paso por la política, aterrizar en los bien remunerados consejos de administración.

Uno cada vez entiende menos de esta extraña justicia porque, por ejemplo, si procesan a un alcalde por aceptar que una empresa a la que contrata obras públicas pague una determinada cantidad para las fiestas del pueblo, ¿cómo es posible que no actúe contra un político de más alto nivel que percibe suculentos pagos en calidad de consejero de una compañía a la que favoreció en el ejercicio del cargo público?

Vuelvo a la imagen de los miles de refugiados cobijados en tiendas de campaña a más de diez grados bajo cero y se me cae la cara de vergüenza que haya gobiernos europeos que no den un paso para aliviar su situación y, en casa, consientan que los ricos sigan siendo más ricos a base de saquear los ya rotos bolsillos de los ciudadanos.

La desigualdad alimenta la indignación.

Por Moncho Ares CIUDADANA

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