El último vengador


Soy un hombre de ascendencia espartana, frugal, recio y granítico. Aguanto el temporal, la escarcha y el hambre sin un solo mohín, hierático cual faraón. Pocas cosas perturban mi estoicismo, pero hay una que me resulta intolerable: la descortesía con los ancianos.

Este martes, bajando por Romero Donallo, caminaba frente a mí una señora mayor, y en sentido contrario subían dos malotes. Gorra ladeada, actitud desafiante y andares ridículos. Lejos de hacer ademán de apartarse cuando la señora llegó a su altura, con una sonrisa de suficiencia hicieron que ella se apeara de la acera mientras pasaban.

Lo contemplé estupefacto mientras escuchaba en mis cascos una canción de Blind Guardian llamada Valhalla. El Valhalla es el salón donde los vikingos muertos en batalla se reunían a brindar con hidromiel guiados por las valkirias, así que el flipado que vive dentro de mí me dijo: «Esta es la llamada de Odín. Gánate un sitio en su mesa».

Embestir. Embestir cual jabalí. Soy el martillo de Thor. Me vengaré por usted, señora, me vengaré por su marido y sus hijos, me vengaré por todas las injusticias del mundo, porque hoy yo soy el instrumento equilibrador del cosmos.

Los arrollo como una locomotora a dos suicidas, vuelan, se quedan tan sorprendidos que tardan unos segundos en reaccionar. Uno dice «eh» y el otro recoge la gorra del suelo. Miden mi fuerza mentalmente y callan. Continúo caminando, cuando alcanzo a la señora la miro y le sonrío. «Gané. Gané por usted». En los espejos de sus pupilas veo reflejado al dios del trueno sonriendo detrás de mí.

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