El empresario al que el éxito lo acercó a la pobreza

Roberto Blanco colabora en la reparación de las viviendas de gente sin recursos afectadas por el huracán «Sandy»


Ribeira / La voz

Consiguió levantar de la nada un grupo empresarial dedicado a la construcción en New Jersey que acabó siendo uno de los más importantes del estado. Roberto Blanco (Ribeira, 1961) había hecho realidad el sueño americano cuando se dio cuenta de que la riqueza material no le llenaba y decidió poner sus recursos y experiencia al servicio de aquellos que atraviesan un momento difícil.

El barbanzano iba para filósofo y «nunca había cogido un martillo en mi vida», cuenta, pero las circunstancias lo arrastraron a esa profesión. «Me casé muy joven, a los 19 años, y la situación empezó a complicarse con la reconversión industrial. El paro era excesivo y como en España no veía ninguna salida decidí dar el salto a Estados Unidos», relata. En un primer momento, se fue a Carteret, una pequeña ciudad en donde viven muchos palmeirenses. Corría el año 1983 y el verse en otro país sin papeles lo marcó de forma decisiva.

«Estuve alrededor de veinte años indocumentado y esto repercutió en mí de una manera muy negativa, porque vives como un escapado, con un miedo constante, pero también fue lo que acabó dándome la llave del éxito», indica. «En Carteret había una fábrica en la que la gente ganaba mucho dinero, sin embargo yo no podía trabajar allí por no tener los papeles en regla, y tuve que buscar empleo donde pude, en el fondo del barril», explica, convencido de que si hubiera entrado en aquella fábrica con un buen sueldo al igual que el resto «probablemente me habría acomodado, como uno más».

Así empezó en el escalafón más bajo de la construcción como peón obrero. «Tenía un hijo pequeño y una familia que sacar adelante», destaca Roberto Blanco, además de «una fuerza vital que quién me la diera ahora», añade entre risas. A los dos años decidió montar su propia empresa: «No podía tener un buen empleo trabajando para otros por ser un sin papeles, pero en Estados Unidos era perfectamente legal que tuviera una compañía propia aún estando indocumentado, y aproveché ese vacío legal para prosperar». Y vaya que si lo hizo.

Expansión empresarial

Empezó él solo durante varios meses, porque tenía miedo a que no saliera bien y no poder pagar a la gente, aunque en menos dos años eran más de 50 personas trabajando. Llegó a tener media docena de empresas y algo más de 200 empleados. Decidió luego invertir parte de su fortuna en otros mercados y acabó con una plantación en Colombia de unas 750 hectáreas de café, banano y aguacate. Pero, con todo eso, «me sentía un fracasado», asegura.

El hombre que de niño quería ser como Robin Hood y más tarde simpatizó con el movimiento anarcosindicalista se había sumado al carro del capitalismo. «Esa no era mi meta en la vida y empecé a reducir el nivel de producción: si hacíamos 500 casas al año ahora son 12 o 5, para poder colaborar en la construcción de viviendas para gente con bajos ingresos», indica este Hood moderno, quien asegura que con ello «he transformado lo que era mi vergüenza en un motivo de orgullo».

Salto solidario

El ribeirense reconoce que hubo un momento en el que se «me subió el ego a la cabeza», hasta que «me di cuenta que yo no era más listo que nadie, porque si tuve éxito fue algo circunstancial, y empecé a pensar en la gente que no tuvo la misma suerte que yo». Roberto Blanco se empezó a implicar con fundaciones como Habitat for Humanity y alguna asociación local. No se conforma con hacer donativos -que también los hace-, sino que dona material, mano de obra y, lo que es más importante, su experiencia en la construcción.

«Hay muchas manos dispuestas a ayudar a levantar las casas que destrozó hace cuatro años el huracán Sandy en el pueblo en donde vivo (Toms River, uno de los más afectados), pero pocos saben cómo hacer el proyecto de obra o conseguir financiación, algo tan sencillo para mí», explica. Lo que empezó «como una terapia» terminó siendo una filosofía de vida y Roberto Blanco llegó a encabezar una marcha de tres meses junto a un grupo de dreamers (indocumentados llevados a EE. UU. por sus padres) entre Miami y Washington, para ser recibidos por Obama. «Por primera vez en mi vida me sentí útil y ahora tengo claro que la mayor riqueza no es la material», concluye.

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