El joven que está detrás de grandes discursos

El ribeirense ha dado clases de oratoria a algunos de los políticos y directivos gallegos más importantes


Ribeira / La voz

Un buen discurso lo puede decidir todo. Ganar o perder un voto, conseguir o malograr una venta clave, catapultar una carrera prometedora o terminar de arruinarla. «Pocos nacen con ese don natural», señala José Martínez Fernández, el joven ribeirense que está detrás de muchos de los grandes oradores que coronan los púlpitos. Con solo 27 años, importantes políticos y directivos gallegos, incluso nacionales, han depositado su confianza en este consultor en comunicación, que además da clases sobre la materia en la USC y se prepara para dar el salto a Madrid de la mano de la Universidad Camilo José Cela.

José Martínez, Pepe para los amigos, destacó desde pequeño por su labia. «Siempre me gustó y se me dio bien», reconoce, y hace un esfuerzo por recordar cómo hizo de ese talento un medio de vida. «De niño estudiaba en el Galaxia y era el que siempre participaba y me metía en todos los embrollos», comenta. Tenía todas las papeletas para acabar siendo el delegado de clase, un papel con el que lidió unas cuantas ocasiones. Aunque, si algo le marcó de forma decisiva, fue un profesor, Cipriano. «Daba teatro y escribía él mismo las obras para que luego las representáramos y fue con él con quien empezó mi pasión por la dramatización», cuenta, porque «la oratoria tiene mucho de teatro», afirma.

Director más joven del Fonseca

Cuando finalizó el bachiller, no tenía muy claro por qué carrera decantarse y terminó haciendo Derecho en la Universidade de Santiago, simplemente por una cuestión práctica, «porque era la que tenía más salidas», reconoce. Estuvo esos cinco años en el colegio mayor San Agustín, donde acabó como subdirector. «Es algo habitual», explica restándole importancia al cargo. Lo que no puede negar es el haber sido luego el director más joven (con solo 25 años) del Fonseca, en donde tradicionalmente son profesores con una trayectoria ya dilatada los que asumen las riendas de esta comunidad de estudiantes.

Fue precisamente en su etapa universitaria cuando se dio cuenta de que despuntaba, a raíz de una anécdota. «Cuando fue el desastre de Haití, los alumnos organizamos la lectura de un manifiesto y yo me presenté voluntario para escribirlo y leerlo. Al acabar se me acercó un importante político a felicitarme y me preguntó si me importaría cedérselo», relata. Era Ovidio Rodeiro, entonces director xeral de Xuventude e Voluntariado.

Tanto le impresionó, que más tarde lo acabó llamando para que trabajase en la Xunta dando formación en temas de comunicación y le dio la oportunidad de participar en proyectos europeos. El de Rodeiro es, por cierto, el único nombre que revela a micro abierto, porque «a ningún político o directivo le gusta que se sepa que ha recibido clases para hablar en público». Si lo hiciera rompería la magia y de alguna forma también ese armazón de hombres o mujeres perfectas que ha ayudado a construir de cara al público. Los consultores (él prefiere este término al de asesor porque no arrastra connotaciones negativas), como los curas y los psicólogos, tienen también que guardar el secreto profesional.

Gestión de egos

Tras su paso por la Xunta, muchos empresarios se habían quedado con su cara y empezaron a acudir a José Martínez a título particular. ¿Y cómo acaba un veinteañero siendo el apuntador que susurra a los peces gordos? «Es difícil, porque es una cuestión de gestión de egos», dice abiertamente el ribeirense, porque no siempre aceptan las críticas así que, para romper el hielo, los graba en plena acción y luego les muestra en los vídeos sus errores. El más frecuente, para él, es que «la gente es muy poco natural».

El barbanzano admite que en más de una ocasión se vio en la encrucijada de plantearse por qué tenía que estar él detrás, escuchando lo que había escrito, para que otro recibiese los aplausos. «Creo que es el eterno conflicto de esta profesión», dice, aunque también asegura que después de haber trabajado con alguien un discurso, con toda la puesta en escena y la parte de la comunicación no verbal que hay tras él, «es casi como un tema paternal, dejas la ideología a un lado y solo quieres que salga airoso». «Si lo hace, es mejor que si gana mi equipo de fútbol», sentencia con una amplia sonrisa.

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