Castillos


En la orilla de la playa de Cabío había un niño con la cara tiznada de helado de chocolate, con su cubito de Bob Esponja construía un castillo de arena y un embalse para atrapar al mar. Era la viva imagen de la felicidad. Algo así debería ser eterno o no ser. Un día, el niño dejará de ser niño, intuirá que ya no tiene sentido construir algo que el océano va a destruir de manera inexorable.

Alegóricamente el castillo es un reflejo de nosotros mismos, más que el niño. El niño representaría a nuestros padres que nos moldean imperfectamente, pero de la mejor manera que saben, como castillitos de arena. El mar sería el paso del tiempo que nos acaba consumiendo.

Llega un instante en el que el niño abandona el castillo y lo deja a merced de la marea, emulando el momento en que nos enfrentamos a la vida, somos adultos pero la voracidad del mar es inmensa y nosotros solo somos un aterrorizado castillo de arena. Sin embargo percibimos de modo abstracto y con diferentes intensidades que sí tiene sentido haber sido construido, que tiene sentido vivir aunque vayamos a morir.

Hay golpes de mar que se llevan los castillos demasiado pronto, como a Esther Sampedro esta Dorna que acaba de finalizar. El salado mar que te lleve, se volverá dulce por ti. La playa ahora está más triste, el mundo es peor, pero las arenas te recuerdan, y la salitre, y las rocas, y las algas y las proas, y la espuma, y las gaviotas, y la niña que fuiste y construyó tres maravillosos castillos, y el malecón. Todo el Malecón te recuerda.

Un castillo de arena que no tenía miedo, que se reía del mar.

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