Es insufrible. No hallo antídoto. Hablo del presidente, del presidente de la nación, no del presidente del Partido Popular. Me exaspera, me derrota. Cuando aparece en la pantalla o, a través de la radio hurga en mi oído, grito como Mafalda: «¡Paren el mundo que me bajo!». Me imagino a este hombre, paradigma del no sabe/no contesta, rindiendo cuentas ante la junta general de accionistas de una empresa privada.
Me imagino a uno de esos accionistas pidiendo la palabra: «señor presidente: ¿podría decirnos adonde han ido los tropecientos millones que faltan en caja?». «Pues, no lo sé, oiga, yo no estoy en todo. Lo mío es la macroeconomía, levantar la empresa y hacer que sea respetada en todo el mundo». «Bueno, está bien -añadiría el inquieto accionista- pero es que tenemos en la cárcel o a punto de entrar en ella a tres gerentes, al tesorero, a catorce vocales y la propia empresa figura como acusada en una operación de blanqueo y tráfico de influencias. ¿Qué explicación puede darnos?». «Pues es bien sencillo, esas son cosas menores. Yo estoy en los grandes problemas. Hay que resolver asuntos trascendentes. Para los detalles ya tenemos cuadros que se ocupan?».
«Pero, vamos a ver señor presidente -clamaría el paciente accionista-, no vendemos ni la mitad de lo que vendíamos, nuestros obreros están todos los días a la puerta reclamando sueldos y derechos, los jubilados por incapacidad llevan años sin cobrar, los capacitados en jubilación pierden poder adquisitivo? ¿Cómo puede explicarlo?». «Pues verá usted? Tiempo al tiempo?».
Pregunto yo: ¿duraría un solo minuto más este presidente de empresa privada al frente de la misma? ¡Pues eso!