«Este es un proyecto con corazón, gestionamos un espacio humano»

Los socios propietarios del Furancho Galician Food crearon un modelo culinario que fusiona modernidad y tradición gallega


Ribeira / La Voz

Aún resisten en algunos puntos de la geografía gallega, principalmente en la provincia de Pontevedra, ciertos híbridos entre taberna y bodega llamados furanchos. Con más de un siglo de antigüedad, se trata de locales familiares que estaban destinados a vender el excedente de vino casero. Ocultos entre aldeas y carreteras secundarias, un laurel anuncia la llegada al templo de las «cuncas» y tapas. Imagínense que alguien abre uno de ellos en el centro de Madrid.

Pues ese «alguien» tiene nombre y apellidos, concretamente pares, se trata de los empresarios pobrenses Guillermo Simarro y Pablo Pouso. Tras un período de pruebas, hace dos semanas abrían definitivamente las puertas de su nuevo negocio, bajo una gran atención mediática, con más de 30 blogueros especializados en el ámbito culinario.

Sobre la capitolina plaza de los Cubos, el Furancho Galician Food no tiene suelo de tierra, ni vino de barril. Pero cuenta con un servicio conformado en su totalidad por empleados gallegos y un menú innovador elaborado a base de productos típicos de la cocina gallega, traídos directamente desde Boiro, donde se ubica la central logística. Mas lo importante de la historia es el camino recorrido y no el fin.

Socios y amigos

Cuando Guillermo Simarro y Pablo Pouso se conocieron, su relación era estrictamente profesional. El primero provenía de la industria conservera y el segundo regentaba un restaurante en A Pobra. A medida que el vínculo se acrecentaba, se iba gestando un idilio empresarial: «Un día Guillermo [Simarro] me propuso devolverle a Galicia un poco de lo que le dio a él», explicó Pablo Pouso de una idea que inmediatamente no pudo desterrar de su mente.

Aprovechando una sinergia perfecta, Simarro se ocupa de la parte de planificación y gestión administrativa, mientras que Pouso lidera el ámbito puramente hostelero, incluyendo la confección de los platos y su presentación. Un año y medio más tarde, Galicia tenía su propia embajada en el número cinco de la calle Ventura Rodríguez.

«Nos hemos ayudado de la influencia y ambientación histórica para crear esta deconstrucción de un furancho», comentó Simarro de este tipo de establecimiento, enmarcado en el «casual dinning». Y es que a pesar de la morriña que atrae una decoración fundamentada sobre madera e hierro, aderezada con palos de gallinero y bombillas al aire, no tiene nada que ver con el tópico del clásico mesón norteño.

«No queríamos poner un pulpo á feira, en Madrid hay 2.500 restaurantes gallegos y otros que también lo sirven», acertadamente, se han decantado por auténticas genialidades orquestadas por Pouso, y posteriormente por sus chefs expertos, como la batea de chupitos; un soporte fabricado a partir de un antiguo flotador mejillonero boirense, sobre el que se presenta una brocheta de zamburiñas para mojar en una suave ajada.

Apuesta por la comarca

Todos los platos se semipreparan individualmente en el obrador de Boiro por los chefs y son llevados a la capital, aprovechando la estructura de transporte existente. «El proceso que se sigue es el mismo que en un restaurante de cinco tenedores», sentenció Guillermo Simarro.

«Este es un proyecto con corazón, gestionamos un espacio humano», Pablo Pouso quiso incidir especialmente en este detalle, pues para los empresarios lo bueno de ofrecer una experiencia gallega parte de la calidez respirada en aquellas tabernas. Y esa receta no abunda en ciudades.

La génesis de un imperio: El dúo se ha marcado un plazo de seis meses para analizar los resultados y decidir si pueden comenzar la expansión mediante el sistema de franquiciado. Primero en Madrid, luego en España y finalmente su plan más ambicioso; poner un Furancho Galician Food en las grandes capitales europeas.

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