m.x.b
ribeira / la voz

Podrían haberse quedado en el sofá de su casa. Podrían estar torrándose bajo el sol del Mediterráneo. Incluso podrían regalarle un alivio al bolsillo en algún empleo de verano. Pero estos seis chicos han preferido inscribirse en el programa de voluntariado que ofrece la Xunta, con el objetivo de cuidar el bien patrimonial de los montes y parques naturales, a la vez que aprenden y se integran en el entorno natural.

«Non se trata dun paseo, cada un deles porta unha actitude positiva e colaboradora», afirmó Roberto Costa, el coordinador de los equipos que realizan labores como retirada de especies invasoras de la flora o el propio mantenimiento del espacio medioambiental en Barbanza. Cada semana de este mes, la Casa da Xuventude ribeirense acoge a grupos de seis cooperantes de distintos puntos de la geografía española.

Esta es la historia que acompaña a un conjunto, de los 22 solidarios participantes. Si en días anteriores se habían prestado a trabajos como mantener la integridad de un cortafuegos en A Curota o proteger las pasadas actuaciones arqueológicas en los castros de Neixón, el pasado jueves le tocaba el turno al complejo dunar del parque natural de O Vilar, en Ribeira.

Bajo las directrices de Marcos Santamaría y Daniel Romano, dos estudiantes universitarios en prácticas de Ciencias Medioambientales y Biología respectivamente, los voluntarios retiraron 300 ejemplares de pinus pinaster (pino marítimo) de la zona de A Gandarela, que amenazaban con extenderse hacia la duna gris adyacente y alterar su singular y pequeño ecosistema.

Vocación ecológica

«A meta, agora que xa hai especies asentadas como a lagarteira e o xabaril, sería a de controlar A Gandarela», explicó Daniel Romano sobre el pinar consolidado. Mediante sus indicaciones se arrancaron los árboles más pequeños y se retiraron sus simientes, las piñas. «Aos pinos máis grandes aplícanselle un anel que anula o crecemento e secan para entrar no ciclo da materia orgánica», comentó Marcos Santamaría del peligro de intervenir.

Sin embargo, no todo consistió en servir a la naturaleza, ya que ella les devolvió el favor de forma recíproca. Los alicantinos José Antonio Beltrán y Sara Domínguez habían estudiado juntos Ciencias Medioambientales y su amor al paisaje de una Galicia, que ya conocían de antaño, no les permitió dudar un segundo.

La problemática que comparte el Levante con el norte, en materia de incendios e intromisión de especies invasoras, les empujó a la comarca. Al igual que el ingeniero forestal Ricardo Lorenzo, que abandonó Moaña ya que para él «é un traballo de campo, non é o mesmo estar aquí que na clase». Por su propia cuenta ha puesto en práctica los conocimientos adquiridos y ha obtenido otros nuevos, confraternizando.

Aprender del otro

La diversidad del equipo concedió una sinergia permanente y enriquecedora. Por ejemplo, Yolanda Santos, de Redondela, presta apoyo a personas dependientes y colabora con enfermos de Alzheimer y niños con parálisis cerebral. «Es otro tipo de actividad y la verdad es que ya estoy pensando en el siguiente voluntariado ambiental», dijo Santos.

Otros miembros, como la historiadora coruñesa Clara De Vargas que repetía por tercera vez, tenían en su haber una larga lista de batallas junto a asociaciones de cariz ecologista. «Ao final son unhas vacacións pagadas, pero traballando no que me gusta defender», desveló con una sonrisa. No hacía falta irse muy lejos, para encontrar a estos héroes.

La psicopedagoga Paloma Oliveira llegaba de Boiro con las ideas claras: «Para conservar algo hai que coñecelo». La docente representaba el espíritu de unión de unos jóvenes ejemplares.

una historia estival

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La solidaridad no coge vacaciones