La amistad que las une en el camino

Un grupo de ribeirenses lleva dos décadas realizando las rutas de peregrinación a Santiago


ribeira / la voz

Ellas forman parte del grupo de Ángeles Cores, más conocida como La Nena, una cuadrilla de vecinas ribeirenses con más de 20 años de rutas recorridas a sus espaldas. No se trata de cualquier travesía, estas enérgicas mujeres ponen pie en polvorosa cada 24 de junio para emprender una nueva etapa del Camino de Santiago. No hay nada ni nadie que pueda detenerlas.

Todo empezó el Año Santo de 1993. Por aquel entonces, La Nena era profesora de gimnasia y convenció a un número considerable de alumnas para iniciar la andadura. Al poco se fueron integrando familiares y amigos: «En los comienzos éramos unas cuarenta, llenábamos un autobús», revela Teresa Teira, integrante de la expedición. Este año, debido a circunstancias personales, ha sido el que menos afluencia ha tenido, unas dieciséis personas.

Los itinerarios

Han conquistado el inglés, el francés, el portugués, el de Fisterra... y, desde hace tres años, este grupo de amigas se atreve con el Camino del Norte. Empezaron en Irún y este verano realizaron la etapa que va desde Comillas a Villaviciosa: «Es un rompepiernas, hay mucha montaña y cambios de rasante, lo que hace más dificultoso el trayecto», apunta Ángeles Cores.

Las experimentadas viajeras comprenden edades que van desde los 50 hasta los 70 años. «Ya no somos unas jovenzuelas, las largas distancias se notan, y mucho, pero nosotras siempre caminamos hacia la aventura», asegura la líder del grupo.

A pesar de la escalada topografía del camino, la experiencia les está sorprendiendo gratamente: «De Asturias me quedé enamorada. Tener el mar como telón de fondo es un plus en el paisaje. Es un ambiente muy acogedor, nos sentimos como en casa», confiesa Teresa Teira.

El diseño y organización de las rutas corre a cargo de La Nena. Una vez elaborado el programa, en el que constan todo tipo de detalles, desde los autobuses a los albergues que van a requerir, lo consulta con el resto del grupo hasta conseguir la aceptación y consenso. Normalmente caminan una media de entre 130 y 140 km por etapa. El viaje dura una semana y admiten que: «Cada año nos gusta más y más».

La hermandad

Esta iniciativa surgida por penitencia se convirtió con el paso del tiempo en una cita anual ineludible: «Ahora lo hacemos por la amistad que nos une en el camino», indica Teira. Por su parte, Cores añade que «compostelanas y las fisterranas ya no son nuestro objetivo». El enorme fervor que siente esta pequeña comunidad hacia los senderos sagrados lo deja de manifiesto al organizar su agenda laboral en torno al viaje. Muchas de las mujeres planifican los días libres en sus trabajos para que concuerden con el período de este desplazamiento: «Es como una adicción, vivimos enganchadas al camino», manifiesta Teresa Teira.

Las compañeras coinciden en asegurar que se crea un vínculo muy especial entre las mujeres: «Llevamos muchos años compartiendo experiencias muy intensas. Muchas de nosotras no nos vemos en todo el año, pero el camino es la excusa perfecta para juntarnos».

La Nena reconoce que en ocasiones no es fácil la convivencia: «Somos personas de diferentes ideas políticas y culturales, por lo que los roces y riñas son habituales, como pasa en todas las buenas familias». Teira acredita las palabras de su amiga y declara que existen pequeños choques y disputas, pero que al final: «Todo se queda en nada, peleamos por tonterías, son disputas de hermanas».

Música nocturna

Ellas son una atracción más del camino: «Por las noches tocamos las panderetas, y muchos peregrinos nos sacan fotos. No quiero ni imaginar cuántas imágenes de nosotras circulan por el mundo adelante», comenta con humor Teresa Teira.

Sin embargo, no todo es música y diversión. Lo que peor llevan estas mujeres es el hecho de caminar por el pavimento, ya que en verano se suelen superar los 30 grados de temperatura y el calor es insoportable.

Teira asegura que el primer año algunas llegaron con los pies sangrando y sin varias uñas: «Pero siguieron andando de todas formas».

Las dos compañeras confiesan que a menudo han estado a punto de tirar la toalla, pero la motivación y satisfacción por llegar a la ciudad compostelana han sido más fuertes que la rendición: «Llegar a la catedral lo compensa todo».

Cuando vuelven a casa tras el largo viaje todas acaban diciendo lo mismo: «Qué poquito duró».

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