Arte Sacro en Santiago do Deán

El templo de A Pobra da cobijo a interesantes exquisiteces artísticas


El templo de Santiago, en la antigua villa de A Pobra do Deán, esto es, en una de las dos parroquias urbanas de A Pobra do Caramiñal, responde a las pautas arquitectónicas del estilo artístico que en Galicia la historiografía ha convenido en denominar Gótico Mariñeiro. Esto es así porque sus principales monumentos se sitúan en localidades que fueron protagonistas de aquel despegue económico, portuario, y como consecuencia poblacional, vividos en nuestras costas entre los siglos XIV y XV.

Se trata de una suerte de construcción religiosa de carácter práctico y de exorno comedido, de cierto, directamente influenciados por el espíritu de las nuevas órdenes religiosas que entonces emergen, las de los «frades da pobre vida», y con un concepto de la escultura dado a los dejes arcaizantes, que gusta de recrearse en el lúcido y profuso acervo románico del país, entonces predominante en la tradición artística y en el paisaje gallegos. De ahí el parentesco formal de obras como la imagen de san Xacobe, un Santiago sedente de época medieval, desde 1944 situada en el exterior del ábside del presbiterio, de mediados del siglo XIV, o la suerte de capiteles que montan sobre las columnas de ábside y nave, del siglo XV, que debemos contextualizar como lo que son, como modelo y como recreación inspirada «a lo románico».

De entre las exquisiteces artísticas preservadas en este templo, y que los devotos y turistas atraídos con sana curiosidad por los cultos cristológicos dedicados a Jesús Nazareno podrán admirar, habremos de señalar tesoros culturales de extraordinarios valores estéticos. Impresiona la Capilla de Alba, a la que hace años bautizamos como lo que justamente es, un auténtico poema en piedra, elevado en loor de santidad y de devoción al Buen Jesús y a ese milagro cotidiano que es el resurgir diario de cada uno de nosotros a la vida, así como el sol nace y se eleva cada mañana al alba para iluminar el camino de quien cree en Él.

Un oratorio donde el papel comunicador dado a las bellas artes por el Concilio de Trento se eleva en la forma de retablos y de santorales pétreos, elegidos a modo de ejemplo para el cristiano atento. Esculturas y relieves juntos exponen toda una teoría mística en torno a la genealogía humana del Salvador.

Fue realizada a lo largo de una década, entre los años 1572 y 1581, por el taller de canteros del maestro Antonio de Arauxo y el carpintero de cimbras Afonso de Batalla, con orígenes en el vecino reino de Portugal por aquel entonces integrado en el imperio de Felipe II «de las Españas».

Restos de un naufragio

Otra de esas miradas admirativas a los bríos de nuestro pasado se produciría si tuviesen la oportunidad de contemplar los restos de un naufragio. Nos referimos, claro está, a la pérdida del retablo Barroco ejecutado en 1744, policromado y dorado en 1745, que atribuimos al círculo de Miguel de Romay o a las manos de igual de diestro como hábil maestro. Debíamos tan deslumbrante mueble litúrgico a la ejemplar labor de mecenazgo protagonizada por el cura párroco Carlos Maneiro San Mamed (1725-1753), luego, elevado a la dignidad de canónigo de la Catedral de Santiago y director o administrador capitular del Hospital de San Roque en aquella capital.

Ofrecemos de forma exclusiva para las páginas de este diario unas fotografías del grupo escultórico que lo presidía desde lo alto, compuesto de las tallas del Apóstol Santiago, peregrino, reconfortado espiritualmente en su labor evangelizadora por la Virgen Madre, sobre el Pilar de Zaragoza. Imágenes autorizadas en 1999 por sus depositarias, ya que si bien en sucesivos inventarios de la parroquia ambas piezas constan documentadamente como propias suyas, por razones que se nos escapan, y no es nuestro cometido resolver, paran en domicilio particular.

Otra de las imágenes clave dentro del programa iconográfico de aquella máquina barroca es el Santiago Sedente, entronizado en su cátedra como prelado, que verán en la Capilla de Sacro. Del mismo retablo proceden las imágenes de la Virgen del Rosario y de san Sebastián existentes en el presbiterio del templo, de tan inusuales como refinadas cualidades artísticas. La talla de la Virgen Peregrina, de clara filiación misional franciscana, es obra posterior del año 1787, y procede del santuario que existió tras de la iglesia hasta el convulso siglo XIX.

(*) Antonio González Millán es historiador y director del Museo Valle-Inclán

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