El jesuita que consiguió unir en el mapa A Pobra y China

Andrés Díaz de Rábago dio una lección de superación a sus vecinos y compartió sus vivencias como misionero


ribeira / la voz

«Con este homenaje, los pobrenses han hecho latir mi corazón». Así de agradecido se mostró Andrés Díaz de Rábago en el acto que le brindó ayer el Concello. No fue un día de niebla, como el que hace años lo vio partir hacia nuevos mundos, pero con el recuerdo de sus vivencias consiguió dar un poco de color a una jornada que pintaba más bien gris. El salón de plenos se quedó pequeño para dar cabida a todos los vecinos que quisieron compartir un poco de su tiempo con el jesuita y aprender de su ejemplo de vida. Mereció la pena.

Las lágrimas llenaron los ojos del sacerdote desde el primer minuto, contagiando también a muchos asistentes, que tuvieron que echar mano del pañuelo. No en vano, y aunque Díaz de Rábago tiene el corazón dividido entre Asia y Barbanza, siempre ha hecho patria de la villa pobrense.

Una vida de película

Precisamente de sus años como misionero en China habló largo y tendido el sacerdote, eso sí, siempre con el humor presente: «De los comunistas aprendí mucho, sobre todo de los jefes, sus ideales son increíbles. Dios me ha dirigido por caminos increíbles y me ha ayudado a comprender que todo el mundo debe ser respetado, independientemente de sus ideas. En todos los rincones del mundo hay personas buenas, aunque estén equivocadas».

El currículo del jesuita es difícil de comprimir en unas líneas, pero su sensibilidad humana pesa más que toda la teoría aprendida en la facultad de Medicina de Santiago de Compostela, donde dejó huella allá por la década de los cuarenta. «Si quiere gozar de buena salud debe pensar en los demás», ese es su lema.

No se quedó corto el alcalde, Isaac Maceiras, en los halagos brindados al sacerdote: «Don Andrés es un referente en nuestro pueblo, aquí se pasó la vida ayudando a los demás». Los aplausos resonaban más allá del salón de plenos y al final del acto Andrés Díaz de Rábago se rodeó de sus vecinos. El cariño le desbordaba y se mostró especialmente feliz de que entre el público hubiera una mujer de su quinta. El jesuita tiene 96 años.

«En todos los rincones del mundo hay personas buenas; aunque estén equivocadas»

Andrés Díaz de Rábago

«No se puede entender la historia de A Pobra sin la familia Díaz de Rábago; y viceversa»

Isaac Maceiras

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