La aparente serenidad de Carallán

Popular, extrovertido o generoso entre sus amigos y peligroso y con fama de violento en los negocios; así recuerdan a este narco de Ribeira sus conocidos


RIBEIRA / LA VOZ

El nombre de Carallán no ha dejado nunca de correr, igual que en su día la coca que importaba de Colombia, por las calles de Ribeira. Su popularidad se mantiene intacta, y no solo por sus condenas judiciales o la relación con importantes capos de la droga en Iberoamérica. Manuel González Crujeiras es recordado también por su carácter extrovertido y simpático. De sus años dorados en el narcotransporte de cocaína quedan para el recuerdo numerosas anécdotas. Aunque muchas se considera que están más cerca de la leyenda que le rodea que de una realidad constatada. Son muchos los vecinos o conocidos que en los últimos días no han dejado de citar su apodo desde que trascendió su paradero, desconocido desde principios del 2011 cuando no regresó a la prisión pontevedresa de A Lama tras disfrutar de un permiso de fin de semana.

La fuerzas de la lucha antidroga sitúan a Manuel González Crujeiras en Colombia, aunque también se cree que se desplaza a Brasil con frecuencia. En ambos países está demostrado que vivió en el pasado y que cuenta con los contactos y la infraestructura necesaria para seguir organizando alijos de droga a gran escala. Citar su nombre genera aún hoy opiniones para todos los gustos. Para algunos es Manolo, un buen vecino, aunque mafioso, que siempre fue a lo suyo y que nunca se metió con nadie que no le buscase las cosquillas. Para otros ribeirenses, la mayoría, hablar de Carallán es hacerlo de dolor, adicciones, dinero fácil y vidas rápidas y cortas que acabaron descarriando por el consumo o el tráfico de coca. Algo por lo que nunca mostró arrepentimiento.

Su actitud en público, incluso después de haber pasado por la cárcel, era la de un hombre que creía firmemente en el narcotráfico y en las ganancias que le reportaba. Así lo entendía y así lo expresaba, incluso sentado en cualquier céntrica terraza de Ribeira. Los bares eran uno de sus puntos de ocio y encuentro favoritos. Recuerdan dos hosteleros de la ciudad, con años de experiencia, que era frecuente que al entrar en un bar pagase las consumiciones de todos los clientes que estaban dentro en ese momento. Las mismas fuentes reconocen que sus formas no eran siempre las más cordiales: «A veces, cuando quería invitar, menospreciaba el tipo de bebida que alguna gente consumía para recomendar la suya, que solía ser la más cara».

Suscrito a un club de lectores

Estas palabras chocan con las dichas por algunos de los que fueron sus vecinos. Tanto del chalé en el que vivió en su Castiñeiras natal, como otros que lo veían a diario en su otra residencia de A Marella. «Todos sabíamos quien era... pero la verdad es que tanto él como la gente que vivía con él fueron siempre muy educados con todo el mundo y no dieron problemas. Era una familia normal», explica uno de ellos. Otro ribeirense, que compartía portal con Carallán, recapitula que era normal que el cartero le dejara en el buzón revistas o libros del Círculo de Lectores, entidad a la que estaba suscrito.

En Castiñeiras sentó las bases de un negocio ilícito que creció a la misma velocidad que alcanzaban sus veloces planeadoras en la ría. Verlo montar a caballo era frecuente, igual que conducir un todoterreno o su moto de gran cilindrada. Vecinos y allegados lo describen como una persona echada para adelante. Sus propiedades no eran ostentosas, tal y como recuerda un excompañero del colegio que, además, realizó algunos trabajos de albañilería en su chalé de Castiñeiras. Otra cosa, relata, era él como persona: «Era normal que llevase importantes cantidades de dinero encima que le hacían creerse y que lo tratasen como a un ministro».

Los inicios de Carallán en el transporte por mar de mercancías ilegales no son diferentes a los de otros muchos colegas de profesión. El tabaco de contrabando fue, en los ochenta, su bautismo en este turbio mundo. Por las tascas cercanas al puerto, aún hoy, se recuerda aquella época, pero son pocos los que se atreven a hablar a pecho descubierto. Sí lo hizo esta semana un vecino de la ciudad que trabajó con él descargando cajas de tabaco en playas de Ribeira y Porto do Son. «Manolo dio de comer a mucha gente antes de pasarse a la coca, por eso hay familias que lo recuerdan con aprecio».

Quienes lo vieron por última vez antes de emprender su enésima huida coinciden al afirmar que «estaba demacrado» y «casi sin dientes». El consumo de coca, la misma con la que se enriqueció y especuló, es la causa de este deterioro físico y personal que acusa ahora en algún lugar al otro lado del océano Atlántico.

Llevar mucho dinero encima e invitar a grandes rondas en los bares era frecuente en él

Quienes lo vieron por última vez aseguran que el consumo de coca le ha pasado factura

NARCOS DE BARBANZA DESAPARECIDOS MANUEL GONZÁLEZ CRUJEIRAS

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