El discreto encanto de «la de la señora Josefina»

El comercio más antiguo de Boiro guarda la esencia de las viejas tiendas, donde hay desde un botón a un bikini a la última


ribeira / la voz

Hay personas a las que su encanto les sobrevive; vecinos que aunque fallezcan siguen en la memoria colectiva porque su carácter afable sostiene ese recuerdo. Josefina Araújo es de ese tipo de personas. Ella, fallecida hace ya dos años, fue el alma máter del comercio que ayer se distinguió como el más longevo de Boiro. Se llama Paquetería Josefina. Y guarda una esencia especial; un halo singular que hace que aunque uno no haya conocido a la «señora Josefina», como todo el mundo la conoce en la villa boirense, se la imagine rebuscando entre las cajas para dar con ese botón que iguale con los de una camisa; con ese hilo para hacer un zurcido invisible o con ese diminuto trocito de cinta elástica.

Josefina Araújo, tal y como explican sus dos hijos, Juan y Beatriz Cabrera, que ahora están al frente del negocio, era de esas mujeres hechas de una pasta especial. Capaces de cocinar, despachar a los clientes y cuidar a los niños de una atacada. Quiso ser maestra, pero los tiempos no estaban para poder estudiar. Así que sus padres le dieron el oficio de costurera. Se casó y se dedicaba a coser en la calle Principal. Hasta que en 1956 decidió darle una vuelta a su negocio, fundando así Paquetería Josefina. Empezó con cuatro cosas. Pero con infinito ingenio. Lo recordaba ayer su hija: «Me contaba que al principio cuando vendía algo, dejaba la caja vacía en la estantería para que pareciese que tenía más mercancía de la que en realidad había».

Fue una pionera. Gracias a un cuñado emigrado, vendió en su tienda camisones llegados de Nueva York tan cortos que en España casi estaban prohibidos. Su negocio se convirtió en un clásico para los boirenses. Y también para quienes llegados de Madrid u otra capital veraneaban en el municipio, que corrían «a la de Josefina» a probarse modelos de baño o ropa interior. La confianza con la clientela era tal que para probarse pasaban hasta la cocina de casa.

Y esa complicidad, en realidad, sigue hoy en día. Ayer a media mañana, un solo minuto en la tienda bastaba para comprobarlo. «Levo esa colcha, cóbrama xa», dijo una clienta. «No, la llevas, la pruebas y si te queda bien después me la pagas», respondió la hija de Josefina.

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