Francisca Pérez cumplió su palabra de llegar a los 102 años

La ribeirense falleció al día siguiente de alcanzar la edad que deseaba


ribeira / la voz

La ribeirense Francisca Pérez Vidal, Paquita, era una entrañable ancianita que se dejaba ver por las calles de la ciudad con frecuencia. Falleció ayer a los 102 años, dato este que no tendría más relevancia que la admiración que siempre supone la longevidad si no fuese que ella misma había expresado su deseo y plena confianza en alcanzar dicha cifra, y adquiere todavía una mayor dimensión porque Paquita dejó este mundo justo un día después de haber cruzado la meta que había trazado en su cabeza.

Sus familiares afirman que Paquita siempre dijo que llegaría a los 102 años, y ellos, siendo como fue la vida de esta ribeirense ejemplar, repleta de dinamismo y de objetivos cumplidos a base de esfuerzo y sacrificios, no lo dudaron. Sus allegados explicaron que la centenaria llevaba unas tres semanas encamada, porque le empezaron a fallar sus fuerzas, pero no su cabeza, que continuó lúcida y despierta hasta el final de sus días. En verano había tenido un primer achuchón, del que se recuperó sin problemas. En cuanto estuvo repuesta, volvió a su actividad cotidiana.

Actividad cotidiana

¿Cuál era su actividad cotidiana? Atendiendo a sus propias palabras, con motivo de una entrevista publicada en la edición de Barbanza el pasado mes de abril, leer La Voz, cosa que hacía sin gafas, y «facer de todo, hai moito que facer nunha casa, sempre hai que facer», señalaba al lado de su hija, de la que dijo: «Cóidame, pero eu tamén son algo suficiente para coidarme, ¿ou que?».

Paquita Pérez, como ella misma confesó, trabajó de todo en su larga vida. Empezó cosiendo por las casas, vendió centollas por las romerías de la zona de Barbanza, porteó pulpo para cargarlo en un barco que lo llevaba a Vilagarcía y de allí, a Monforte, e incluso se dedicó al estraperlo: «Si que andei algo, iamos á Arousa buscar o aceite, e non se podía saber. Nunca me colleron. Tiven sorte. Tampouco tiña medo», luego lo ponía a la venta en una tienda que regentó en Ribeira, otra de sus ocupaciones que se sumó a la nada fácil tarea de criar a dos hijos en tiempos de penuria que ella supo afrontar, junto a su esposo, que trabajaba en el vapor que enlazaba los puertos ribeirense y vilagarciano.

Cuando cumplió los 101 años, la salud le estaba respondiendo bien: solo tomaba una pastilla al día y comer comía de todo: «Sempre fun fina comendo. E aquí non nos falta de nada», afirmaba toda campechana en la citada entrevista.

Los restos mortales de la centenaria ribeirense se encuentran desde ayer en el tanatorio de la calle Cristóbal Colón. Está previsto que la conducción del cadáver se efectúe hoy a las cinco de la tarde en un acto que será oficiado por el párroco de Ribeira, Cesáreo Canaval.

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