Al sur de Noia, Rianxo


Casi cada semana me reprocha Xena que no cito a Rianxo en mis escritos, y es cierto. Noieses y rianxeiros no tenemos una conexión clara, una via stellae que nos una en este mundo insolidario en el que los camaradas y los amores profundos son escasos. Viene de viejo esta distancia.

No tengo yo recuerdo de que mis padres o mis abuelos me hablaran de ocasión alguna en la que Castelao, Manuel Antonio o Dieste tuviesen con Noia alguna relación que dejara una huella imborrable de esas que se transmiten en las tertulias de taza blanca y quedan prendidas en los techos de las viejas tascas y de los derruidos casinos.

Tampoco somos los noieses actuales muy dados a emprender el santo camino que lleva a la Moreniña rianxeira ni los de Rianxo acercan su aire a Noia por ver a San Martiño. No hay hermanamientos, tráfico de besos ni ventanas que se abran en Noia y te precipiten en Rianxo. Somos más de Boiro, de Ribeira, A Pobra, Porto do Son, Lousame, Outes y Muros y, aunque nos hayamos dirigido cuartetas irónicas, maravillosas regueifas, con el fin de echar un poco de sal sobre la carne cruda, nos conocemos bien y nos queremos como hermanos. Tenemos línea de autobuses de frecuencia regular con ellos, pero con Rianxo?

El mundo se hace plano, largo coma la sombra de un ciprés, lejano como un horizonte estepario. No acabamos de sentirnos, de palparnos, de olernos y reconocernos. Se diría que para un noiés, Rianxo es ya el otro lado de la frontera, una cuestión de pasaporte, un viaje a hacer si no hubiere más remedio.

Seguramente me equivoque pero creo que este sentimiento es recíproco. No nos odiamos, no, pero cultivamos la indiferencia y ya sabemos lo que eso significa según canta la letra del despechado amante: «Odio quiero más que indiferencia». La indiferencia es una tortura, un sin vivir que carcome los buenos sentimientos, las mejores intenciones. Pero, oiga, tuve amigos rianxeiros. Recuerdo al maestro Abelleira que vino destinado a un colegio noiés y aquí fundó su familia, casó con una noiesa y dejó descendencia bien querida por esta mi casa.

No olvido los atardeceres en la tasca típica pre-Avilés en los que, entre taza y taza de aquel vino que salía del bocoy como un chorro de ámbar fresco, Abelleira, el primer socialista de carné en la sangre, disertaba sobre los discursos de don Pablo Iglesias que encendían las almas proletarias hasta el delirio en los astilleros y en las bocas de las minas. En las plazas públicas y en los teatros.

Abelleira era un hombre bueno y murió joven llevándose su abundante barba agreste a los cielos de los que había venido. Con frecuencia lo acompañaba en la tertulia otro rianxeiro que, creo, tenía una librería cerca de la plaza de Castelao, tal vez en la rúa do Medio. Lamento no recordar su nombre pero sí veo su cara, su gesto entusiasta apoyado en unos ojos negrísimos.

Pocas veces me presenté a un premio literario. En una de esas ocasiones, ganó Xesús Santos, rianxeiro y poeta grande que con justicia me privó del laurel de la victoria. Y tengo otro recuerdo, este amargo, de Rianxo. Allí estuve, ví y hablé por última vez con Pucho Boedo. Ya muy enfermo había venido a cantar tres canciones y media. El bueno de Pucho cenó con dificultad la mitad de una tortilla francesa y un vaso de agua mientras me contaba los viejos tiempos de camarada con mi tío Germán Olariaga a quien sustituyó en Los Tamara en los años gloriosos. Amo a Rianxo aunque la olvide a veces. Pero todo está consumado.

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