Último tren, última estación

Maxi Olariaga

BARBANZA

19 jun 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Ahí le tienen. Muerto, desvencijado, artrítico, retorciéndose sobre las vías oxidadas por las que discurrió su vida. Tal vez un día llevó a la guerra a incautos soldados cantando viejas canciones de camaradas y trincheras. También acogería a viajantes de comercio, a prostitutas y a tahúres, a ingenieros a braceros y a vagabundos. A niños que corrían alegres por los pasillos jugando al escondite, ajenos a la vida que les esperaba abierta en canal al final del trayecto.

Viajó esta máquina resoplando bajo los cielos de las cuatro estaciones y transportó viajeros y mercancías de norte a sur y de este a oeste, arrastrando a una decena de vagones mientras los bronquios de acero y carbón de su alma alimentada por el fuego, fueron sanos, fuertes y brillantes como las lunas de Enero.

Mi abuelo Pepe me decía mientras liaba sus cigarrillos de picadura que yo no me moriría sin ver el tren circundar el Barbanza, desde Rianxo hasta monte Louro ida y vuelta. Se lo había asegurado un gran amigo que había sido ministro de la Guerra en los tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera. En aquellos días mi abuelo le escribía pidiéndole un buen destino para los mozos que en Noia le recomendaban sus madres y el ministro le contestaba enseguida de puño y letra: «Pepe, no te preocupes por ese chico. Se queda aquí en el Ministerio tan pronto haga la instrucción». Y a ese tren se subía el nuevo soldado con su pobre petate al hombro, seguro de que no iría a defender los territorios españoles en África y de que, por ello, su vuelta a casa antes de emigrar definitivamente a la Argentina, estaba asegurada.