El poco valor de los votos


Voy a darles una mala noticia: las elecciones municipales no van a ser el 22 de abril sino el 22 de mayo. Doy por supuesto que ya lo saben, pero es por si no habían caído en el detalle de que todavía queda más de un mes para pasar por las urnas con el fin de elegir a nuestros representantes en los ayuntamientos. Y no es que a uno le corran prisa los relevos o las reelecciones, lo que ocurre es que, a estas alturas, empieza a estar hastiado de la carrera previa a las votaciones, que, no obstante, se produce en todo sufragio de un tiempo a esta parte. Uno recuerda con nostalgia cuando, en los albores de la democracia, el grueso de la propaganda se ceñía a la campaña que daba comienzo dos semanas antes del día de ir a depositar la papeleta. Luego se inventó la precampaña, que en realidad consistía en estirar los quince días oficiales, pero sin usar publicidad, era algo así como hacer propaganda soterrada, algún acto modesto y reuniones al estilo de la clandestinidad.

Todo ello era asumible por los comunes mortales, pero lo de ahora se sale de madre, porque llevamos ya meses a vueltas con las elecciones, hasta el punto de que se produce la paradoja de que hablamos de candidatos cuando aún no están proclamadas las listas. Alguien puede pensar que este detalle es menor, pero en la historia de la democracia local hay casos de listas que cayeron a última hora por renuncias inesperadas, traiciones y trampas estratégicas que dejaron con cara de tonto a más de un candidato que se las prometía felices para participar en las elecciones e, inesperadamente, se quedaba fuera a última hora porque no comparecía alguno de los integrantes de la lista.

El que suscribe se declara un escéptico de la propaganda y del mitineo que precede a unas elecciones, considera que el votante es lo suficientemente maduro como para dejarse convencer por el photoshop que quita años a los candidatos en la imagen de los carteles, o por los cantos de sirena que, desde los púlpitos, calientan las orejas diciendo aquello que la gente quiere escuchar. Duda uno de que el bombardeo propagandístico incline la balanza hacia uno u otro aspirante, porque si hacemos el simple ejercicio de no dejarnos llevar por ideologías, simpatías y afinidades para pronunciarnos solamente escuchando a los candidatos y leyendo sus programas de gobierno, ¿a que resultaría complicado inclinarse por una u otra opción? Pero si hasta, en muchos casos, las propuestas coinciden.

Exponente democrático

Está claro que los procesos electorales, eso que llaman el mayor exponente de las democracias, se han convertido en máquinas de hacer dinero, de ahí que, a medida que pasan los años, se vayan haciendo cada vez más largos, porque cuanto más se prolonguen en el tiempo más duradero será el negocio -y no siempre es transparente-, y eso sucede en países como el nuestro, donde prácticamente estamos en elecciones constantemente, porque a las municipales del mes de mayo seguirán las generales del 2012, y a estas, las autonómicas del 2013; y a estas, las europeas del 2014; y a estas, nuevamente las municipales del 2015... ¿ven como estamos permanentemente soportando pre-precampañas, precampañas, campañas y vuelta a empezar?.

Por otra parte, las campañas y los actos previos a estas sí pueden acabar siendo negativas para los que se presentan a unas elecciones, porque corren el riesgo de cansar al votante hasta el punto de producirle una especie de náusea que le acabe disuadiendo de participar en el cambalache y en el negocio, y más aún cuando descubre, después de pasar por las urnas, lo poco que, en muchos casos, ha valido el esfuerzo de aguantar semanas de tortuosa propaganda y el detalle de haber cumplido como ejemplar ciudadano el «deber» de participar en el proceso, porque ya todos conocemos aquella cantinela que dice que si no votas luego no puedes protestar, como si los elegidos respetaran la voluntad mayoritaria del pueblo, como si nuestros representantes antepusieran el deseo de los ciudadanos a los intereses de sus partidos y los suyos propios.

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