La plaza de las eternas promesas

Vecinos de Ribeira llevan años reclamando que se arregle el espacio urbano de Os Muíños, cuyo estado denominan con el calificativo unánime de «penoso»


Desde su construcción, la plaza ribeirense de Os Muíños ha sido objeto de críticas. La suciedad y el hecho de que el suelo se inunde por completo cada vez que caen cuatro gotas motivan desde hace años las protestas vecinales. Hace unos días fue preciso llamar a la ambulancia porque una mujer que iba a buscar a su hijo a la guardería se cayó y se fracturó un brazo, el miércoles tropezó una joven de 18 años y el día anterior le pasó lo mismo a otra ciudadana.

Por desgracia, estos no son hechos ni nuevos ni aislados. Una afectada afirma que, debido a lo resbaladizo del terreno, siempre se han registrado caídas, a veces de madres que llevaban a sus críos en brazos. Incluso, la guardería que desde hace 17 años se encuentra en este lugar sirvió, en más de una ocasión, como centro de primeros auxilios para quienes se lastimaban. Sin embargo, parece que nadie ha presentado nunca denuncias por lesiones ocurridas.

Usuarios y residentes están cansados de promesas incumplidas. Una vecina dice que cuando se realizó la obra se cedió terreno para peatonalizar el lugar y que la actuación no se materializó porque la promotora quebró y, de hecho, varios bajos son de entidades financieras.

Hasta hace poco ni siquiera acudían los operarios municipales a limpiarla, y la explicación que se daba desde el Concello, dicen los ciudadanos, es que se trataba de un espacio privado. Ahora sí se adecenta periódicamente, pero los comerciantes siguen recogiendo los restos de botellones e, incluso, retiran las heces de perro que se hay frente a sus negocios. Hace tiempo se realizó una campaña de recogida de firmas y ahora se ha hecho otra.

Lágrimas de alegría

Cuando el Concello anunció que la plaza se iba a arreglar y aparecieron los obreros, una de las usuarias, según dijo ayer, comenzó a llorar porque no podía creerse que, por fin, este lugar «iba a tener un aspecto decente». Sus ilusiones se truncaron cuando, de pronto, dejó de ver a los operarios -la firma a la que se le encomendó el trabajo también quebró-.

Quienes más frecuentan la plaza son las madres que llevan a sus hijos a la guardería, de la boca de todas ellas sale un calificativo unánime para referirse a su estado: «Penoso». Una progenitora reconoce que a veces pide a su marido que la acompañe: «Aquí hay un grupo de chicos que me imponen respeto».

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