Veteranos que se reencuentran con el oficio en Baión

Elpidio Salgado y Ramón Alfonsín llevaban años sin ponerse manos a la obra, el fin de semana retomaron las herramientas, y el sábado repiten en Baión


cambados / la voz

Elpidio Salgado hacía doce años que no cogía el punteiro y el marrete, desde que se jubiló como cantero, a los 66. El fin de semana volvió a empuñar sus herramientas para construir una bola del mundo con la única fuerza de sus brazos, con motivo de la muestra de oficios tradicionales que se celebró en Baión (Vilanova). «Non pensaba ter forza, pero aguantoume o pulso», dice satisfecho. Por su parte, Ramón Alfonsín, Moncho, sí siguió haciendo alguna chapuza después de jubilarse, que si el mango para un cuchillo, que si reparar un barril, pero también hacía muchos años que no se enfrentaba a una puerta y a una ventana.

La experiencia del sábado y el domingo les ha dejado con ganas de más, así que ya están pensando en volver el año próximo. Moncho tendrá que cuidarse y hacer dieta, porque las rodillas ya no le aguantan. Es el peaje de un trabajo que le obligaba a estar con las piernas peinando el suelo durante horas. No es el único que ha tenido que pagar. Una máquina le segó la mitad de un dedo de la mano por culpa de esos excesos de confianza que cometen los veteranos.

Elpidio también tiene heridas de guerra y para demostrarlo despliega las manos y se remanga la camisa descubriendo los brazos llenos de unos moratones que ya nunca se irán. «Pero eu tiven moita sorte», matiza, porque aun trabajando con piedras de gran tamaño y dinamita, ha salido bien parado. «Ata facía eu a pólvora», comenta, y tan bien se le daba, que aunque no tenía permiso y fue denunciado por ello, cuando el inspector de turno comprobó su pericia y prudencia al manipularla, ni multa le puso.

Son las pequeñas historias de los oficios de antes. Porque carpinteros y canteros sigue habiendo, aunque poco tienen que ver con los de hace medio siglo. «Hoxe faixe todo con maquinaria moi boa, é moito máis rápido», coinciden en señalar nuestros protagonistas. Precisamente, con el afán de enseñar a los más jóvenes cómo se trabajaba la piedra, la madera, el mimbre y la tierra en los tiempos de sus abuelos, la asociación O Castro montó una suerte de aldea de la primera mitad del siglo XX. Y así, además de hacer didáctica, contribuyen a conservar viva una tradición que está quedando relegada a los museos.

El objetivo se ha cumplido, dice la organización, aunque el clima no ayudó y les hubiera gustado haber visto más chavales visitando los puestos de los artesanos y viendo las demostraciones en el lavadero, la malla y el carro del país. Moncho se da por satisfecho. «Foi moi bonito ver como nenos de dez anos preguntaban cousas pegados ao banco». Esta escena no le es ajena del todo. Su hijo Santiago ha seguido sus pasos, y es ya la cuarta generación de carpinteros en la familia. Antes lo fueron su abuelo y su bisabuelo, y Mocho, claro, que hizo un intentó en los años setenta de sustituir el taller por la leira, pero acabó dejando a un lado el tractor -que le costó 300.000 pesetas- para volver a empuñar el martillo, esta vez en Maderas Domínguez, en Rubiáns (Vilagarcía), donde trabajó durante dieciocho años, hasta que se retiró. Muy lejos quedaba ya aquella carpintería de Pontearnelas, donde empezó con catorce años y cobraba solo siete pesetas al día, y la que vino después, en Vilaxoán, en la que subió de nivel, con sesenta pesetas.

Al contrario que su compañero, Elpidio siempre trabajó por cuenta propia. A los 19 años se hizo empresario y empezó a retirar piedra de los montes de Lantañón, su tierra natal, compaginándolo con su otra ocupación y vocación, la de trompetista en la orquesta Aires de Cambados. Pero como lo que le gustaba era hacer casas, «metinme sen saber», y acabó levantando paredes y fachadas a diestro y siniestro. Su primera obra fue en Poio, la segunda en Sarria, y su fama de buen cantero le llevó, incluso, a Valladolid. Hoy presume de haber puesto la piedra a unas ochenta viviendas. Mucho ha llovido.

Como su compañero, ahora cuida sus cepas, pero, al contrario que Moncho, él decidió colgar las botas definitivamente tras la jubilación, de modo que la feria de Baión ha sido como volver atrás en el tiempo, casi como rejuvenecer. El sábado volverá a hacer repicar el punteiro.

La fiesta continúa en Baión

Quienes no asistieron a la Mostra de oficios, costumes e xogos populares de Baión tendrán una segunda oportunidad este sábado. El anterior llovió y hubo que suspender parte del programa. Con motivo del Encontro dos Maiores que se celebrará el día 16, se repetirán las actividades a partir del mediodía. Y en O Castro están pensando ya en la edición del 2019.

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