Gastromercados o peixeiras de toda la vida

José Ramón Alonso de la Torre
Alonso de la Torre REDACCIÓN / LA VOZ

VILAGARCÍA DE AROUSA

MARTINA MISER

En O Salnés funcionan media docena de plazas de abastos tradicionales que triunfan en verano

14 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace años, en El Intermedio, querían entrevistar a Pedro Sánchez haciendo la compra y tuvieron que irse al mercado madrileño de Ventas porque los del centro de la capital ya no eran mercados tradicionales, sino elegantes clubes del gourmet. No todas las ciudades españolas pueden presumir como Vilagarcía de Arousa de contar con un mercado tradicional. La diferencia entre ir a la plaza de Vilagarcía e ir a un gastromercado moderno estriba en que en Vilagarcía pides un kilo de tomates y medio de abadejo tras interesarte por el precio y hasta regateas, mientras que en los madrileños mercados gourmet de San Miguel o Lavapiés, solicitas unos tomatitos y unos boqueroncitos y no pides precio porque resulta de mal gusto.

Los mercados españoles se han reciclado en gastromercados, que venden frutas, carnes y pescados, pero envueltos con lazos, subiendo el precio y con la opción de que te los preparan en bares muy cucos y te cobran un pico porque es la moda, porque es lo cool, porque ya no son mercados, son market gourmet y hasta tienen un hashtag en X: #gastrospain.

En Vilagarcía, mantenemos aún las esencias y a quienes viven o hemos vivido aquí, los martes y los sábados se nos pone cuerpo de mercado, incluso a 700 kilómetros, y un algo inexplicable nos empuja a la calle, nos lleva a la plaza de abastos, nos anima a comprar. Entristece de verdad la caída de los puestos del mercadillo, pero saber que en la plaza de abastos hay solicitudes para abrir nuevos negocios es la garantía de que en el mercado de Vilagarcía mandan la costumbre y el hábito y lo de gastro, gourmet y delicatessen lo manejamos con prudencia. Si queremos excelencia, ya tenemos Los Pepes y si queremos ser modernos y que nos cocinen el producto, ya tenemos nuestra particular alianza entre las peixeiras y la cafetería de la plaza, una sinergia que funciona sobre todo en verano.

Verano… Suben algo los precios, tampoco una exageración, y la plaza de abastos brilla con nuevas profesionales en los puestos de pescado y en los puestos exteriores. Ya tenemos hasta cafés de especialidad. Se conforma así un equilibrio entre la modernidad del Brasil Decaf varietal Catuaí con toques de vainilla y ron dulce y ese mercadillo de toda la vida, casi medieval, de las señoras llegando desde los huertos de Corón y Herbón con sus hortalizas del día; entre las nécoras de «compre y se las cocinamos en el bar de la plaza» y las boroas artesanales que siguen trayendo los panaderos de Carballo.

Es verdad que, en el mercado de San Miguel de Madrid, junto a la plaza Mayor, tienen su blog y sus vídeos en YouTube, con su queso manchego, su vino de Valdepeñas, perdón, su quesito, su vinito, su carrito de caviar, y sus cosméticos del Mar Muerto. En el de San Antón, en Chueca, hay espacio delicioso, espacio terraza, espacio show cooking… Por Colón, el gastromercado Platea, llamado así porque imita un teatro; en Fuencarral, el mercado de San Ildefonso y en Lavapiés, el de San Fernando. Es lógico que para entrevistar en Madrid a un político haciendo la compra tengan que irse a la periferia.

En Vilagarcía, todo es más natural. Es verdad que, si el mercadillo decae, y así sucede en invierno, la plaza de abastos lo nota, pero al llegar el verano, renace todo. En invierno, no sobran los show cooking, pero entre junio y septiembre, no hacen falta esas exhibiciones con fogones que se extienden desde los mercados de la Boquería, Santa Caterina y Princesa de Barcelona a las cinco plantas del mercado de San Agustín en Toledo, al mercado Victoria de Córdoba, a la Lonja del Barranco de Sevilla, con vistas a Triana… En la Estación Gourmet de Valladolid, hay exhibiciones de cocina creativa. Mercado Central de Valencia, Mercado del Puerto en Las Palmas, San Agustín Gourmet de Granada, El Muelle en Huelva, Colón en Valencia, La Ribera en Bilbao, Del Este en Santander, Central en Cádiz y el de la estación de ferrocarril gaditana, uno de los más grandes de España con 5.500 metros cuadrados (2.500 tiene La Boquería y 1.200, San Miguel).

Jorge Guitián Castromil (Vigo, 1975), es licenciado en Historia del Arte, crítico gastronómico y uno de los primeros blogueros españoles de gastronomía. Ha escrito libros como «Rías Baixas, territorio gastronómico», 100 restaurantes que no te puedes perder o La tortilla de patatas. Está preparando uno sobre empanadas gallegas. Acaba de presentar su último libro: De lentejas y caviar, publicado por la editorial Hojas de Col. «Es un guiño al cronista Julio Camba, que era de Vilanova de Arousa, el pueblo de mi abuela, y es autor de la frase: Cuánto caviar hay que comer para llevar las lentejas a casa», me contaba hace unos días en una entrevista este agitador gastronómico gallego.

De lentejas y caviar sintetiza la idea de que la gastronomía trasciende los grandes restaurantes y los productos de lujo. «Me interesan tanto la alta cocina —el caviar— como la cocina cotidiana —las lentejas—, los mercados y todo lo que rodea a un plato», apunta Guitián. Y en esos mercados y plazas de abasto, ¿tradición o modernidad, peixeiras o carritos de delicatessen? Sobre esa disyuntiva, Guitián se muestra conciliador: «La tradición es dinámica y evoluciona. Ahí está el caso de los churrascos en Galicia, incorporados hace solo 50 años y que hoy se asumen como algo tradicional, a diferencia de las pizzerías, llegadas en el mismo periodo. La tradición es una selección subjetiva de lo que una sociedad decide que la representa. Integrar nuevas influencias no rompe, sino que enriquece de forma natural». El debate está abierto, pero lo fundamental es mantener abiertas las plazas de abastos de toda la vida para debatir sobre ellas. En O Salnés podemos presumir de varias y en verano son un atractivo añadido.

Querían entrevistar a Pedro Sánchez comprando y no encontraban un mercado

Cuánto caviar hay que comer para llevar lentejas a casa, decía

Julio Camba