Bares y personajes del barrio de la estación

J. R. Alonso de la Torre REDACCIÓN / LA VOZ

VILAGARCÍA DE AROUSA

No faltó una tarta con sus velas correspondientes para aliviar la despedida
No faltó una tarta con sus velas correspondientes para aliviar la despedida Serxio González

Ha cerrado O Tranquilo, cerró el Mariño y por aquí vivían el pintor Conde Corbal y el doctor Moreira

10 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando el pintor Xosé Conde Corbal se vino a vivir a Vilagarcía, cambió la tertulia del bar Tucho de Ourense por la del bar O Tranquilo de Vilagarcía. En el Tucho, conversaba alrededor de una mesa rectangular en cuya cabecera se sentaba Vicente Risco. A su lado, Xaquín Lorenzo Xocas, Taboada Chivite, Ferro Couselo, director del museo de Ourense, que era de Valga, periodistas como Tovar, Huete o Jimeno y los que Risco llamaba artistiñas, o sea, gente como Acisclo Manzano, José Luis de Dios o Jaime Quesada.

A veces, Pepe Conde Corbal venía a Vilagarcía y paraba en el bar Xesteira a charlar con Lucho Bouza Brey. Cuando Pepe se estableció definitivamente aquí, su bar favorito era O Tranquilo, donde tomaban café policías, viajeros y cronistas locales. Era un ambiente menos selecto, pero Pepe no fue nunca distante ni exquisito y disfrutaba mucho en aquel O Tranquilo del barrio de la estación, conversando con vecinos y viajeros.

Los barrios de estación tienen la gracia de lo temporal. En ellos, nada es perpetuo, se vive en un trasiego continuo de gentes de paso: van a coger el tren y se detienen a hacer tiempo en algún bar, a comprar un bocadillo, un botellín de agua, unas golosinas para el camino y, mientras tanto, charlan con la confianza de que nunca volverán por allí. Era en esas conversaciones al azar donde O Tranquilo se convertía en un trasunto de Galicia porque los viajeros comentaban la cosecha, el tiempo, los negocios y la política. Y allí estábamos Conde Corbal y un servidor. Él sacaba punta a cada conversación y yo tomaba notas para contar las historias de cada día en una sección de La Voz titulada La Plaza de la Estación.

Cuarenta años dando vida

O Tranquilo cerró el pasado domingo tras más de 40 años dando vida al barrio. Lo abrieron Estanislao Durán y Ana Campos en agosto de 1984 y su gracia era que no quería ser nada más que un bar. No aspiraba a ser tendencia ni experiencia, ni tan siquiera a ser tradición. Estaba allí, atendía a la clientela, acogía al pintor, al policía municipal, al periodista, al vecino del barrio, al ferroviario y al turista veraniego. O Tranquilo era una costumbre, pura cotidianeidad sustanciada en un bocadillo de calamares. Estaba sin destacar y tenía el encanto de lo previsible. Si estaba abierto, es que todo se encontraba en su sitio.

En los cafés y bares tendencia, esos que presumen de ser una experiencia desde el desayuno a la cena, el cliente se atolondra desbordado por los rolls, las cookies y los muffins del desayuno y las tapas de tatakis, gyozas y tartares. En O Tranquilo, no te atolondrabas porque ibas a lo seguro: el cruasán, la tostada, el calamar rebozado, la zorza, el raxo y el jamón asado. Los sábados, callos; los domingos, caldo y los lunes tortilla. Lo más sofisticado de la pizarra era el bocata trifásico y, desde luego, te atendían profesionales, Tanis, Guille y Lucho, y te servían con diligencia y en tu mesa, nada de esas cafeterías modernas y franquiciadas donde pides en la barra, pagas, te entregan un aparatito, te vas a tu mesa y, cuando suena, te levantas a recoger la comanda. En O Tranquilo no trabajabas tú, trabajaba la casa. El cliente solo disfrutaba. Es lo que tienen los bares sin pretensiones.

A finales del siglo pasado, el barrio de la estación vivió un momento de esplendor hostelero. Un vecino me decía que aquello parecía Broadway en lata. Estaba el pub Don Piano, donde, en la madrugada, coincidía lo mejor de cada casa. Los fines de semana, los más jóvenes acudían a bailar a la discoteca Maty, había bolera y, además de O Tranquilo, abría otro bar clásico, el Mariño, con su agradable terraza bajo una parra y sus colecciones de llaveros y postales.

Una gracia que viene de lejos

Aunque el encanto del barrio de la estación no es solo de ahora. Su gracia viene de lejos. Fíjense en una estatua que hay en el jardincillo de O Ramal. Está dedicada al doctor Moreira y junto a su busto se puede ver el grabado de un hombre a caballo. El médico Xosé Moreira nació en Vilagarcía el año 1900. Vivía en una casona blanca en la subida a la estación, junto al Mariño y a dos pasos de O Tranquilo. El doctor Moreira era republicano y de izquierdas. Recorría a caballo aldeas y corredoiras para atender a los enfermos pobres, a quienes no solo no cobraba, sino que les dejaba dinero bajo la almohada.

Cuando falleció en 1944, la iglesia rechazó sacralizar sus exequias por considerarlo un rojo impenitente, pero cientos de vecinos bajados de las aldeas cogieron su féretro y lo llevaron a hombros, turnándose, desde el barrio de la estación hasta el cementerio.

La anécdota más celebrada del doctor Moreira refiere que, siendo concejal republicano, entró a lomos de su caballo blanco en el Club de Regatas, apiló en el suelo copas y metopas y azuzó a su corcel para que las coceara. Como ven, el barrio de la estación está lleno de historias y de personajes. Se fue Moreira y se fue Conde Corbal: cerró el Mariño y hora cierra O Tranquilo, pero vendrán nuevos bares y nuevos personajes porque donde hay ferrocarril, hay vida.