Trabajo de titanes en Carril: los parquistas retiran las toneladas de marisco muerto tras la riada

«Había tempo que non viña unha así», dicen los productores que ven peligrar tanto este año, como el que viene


vilagarcía / la voz

En Carril, Vilagarcía, el blanco no es buena señal. Blancas son las conchas de los berberechos y las almejas que, ahogadas en el agua dulce, cubren la arena de los parques. Blanca, también, la carne de los bivalvos que, aún enterrados, agonizan. En una jornada primaveral como la de ayer, las lluvias y los temporales de las pasadas semanas parecían quedar atrás, muy atrás, pero sus efectos aún seguirán sintiéndose durante un tiempo en Carril, donde continuarán aflorando las conchas de marisco muerto. Casi el cien por cien de la producción se ha perdido, cuentan los titulares de los parques situados al pie de Cortegada.

«Parece que murió algo de marisco», saludan, con humor, dos de los profesionales que se afanan en retirar kilos y más kilos de concha de su parque. La experiencia de riadas anteriores parece permitirles mantener a flote el humor. «Echamos aquí 8.000 euros de semilla un lunes. El martes por la tarde empezó a llover», relata José Luis, uno de ellos. Las conchas, que llenan capachos y se desparraman por toda la lancha, cuentan el resto de la historia. A lo lejos, se mire donde se mire, solos o en pareja, otros parquistas «barren» las conchas de sus viveros y hacen pequeños montones para recogerla y retirarla.

Aunque no todos se dedican a lo mismo. A bordo de una embarcación, una mujer bien abrigada se enfrenta a una montaña de marisco. La mayoría está muerto. Pero entre todo eso, confía en encontrar algún ejemplar que haya resistido. El esfuerzo es enorme. El resultado, apenas unas pocas piezas apartadas en un cubo, sin garantías de que vayan a sobrevivir. «La almeja japónica -nos habían explicado poco antes- es muy tramposa, te hace tener ilusión: parece que resiste, pero luego a los pocos días se muere».

La retirada de la concha y la selección del marisco que aún está vivo es la primera parte del trabajo de reconstrucción que los parquistas deben afrontar después de cada riada. Claro que hacía años que no sufrían una de las dimensiones de la que acaba de arrasar con casi el cien por cien de su producción. Una vez retirado el marisco muerto, llegará la hora de airear el terreno, «quitarlle a podredume», dicen, y dejar lista la superficie para recibir tanto el desove natural como la semilla que confían en sembrar pronto.

La semilla, cara; las conchas, un problema que hay que gestionar

La retirada de toda la concha que cubre los parques de cultivo es un trabajo titánico. Consume horas y días. Esta vez, las mareas le están facilitando las cosas al sector, permitiéndoles trabajar con cierta comodidad en el desescombro de sus viveros. Recogen conchas de berberecho, conchas de almeja. Conchas grandes, de marisco que estaba listo para ir al mercado; conchas minúsculas, de la cría que apenas había empezado a crecer. ¿Y qué se hace con todos esos residuos? Algunos parquistas los depositan en la zona del canal de la ría; allí no le hacen daño a nadie, dicen. Otros optan por dejarlas bien pegadas a la línea de costa, bien en una suerte de lombos artificiales que se han ido formando con esos restos. Pero ninguna de esas soluciones es buena: la marea vuelve a llevarse las conchas y a depositarlas donde quiere. Y si no lo hace, de ellas emana un olor a muerte que espanta a cualquiera que se acerque. El presidente de la agrupación de parquistas, José Luis Villanueva, es consciente de que es necesario buscar una solución a la gestión de estos residuos de la faena, pero de momento no hay ninguna.

Si la gestión de las conchas es un problema que preocupa, más preocupa aún la semilla. «Vai ser moi complicado conseguila este ano, con toda a mortaldade que houbo», señala el presidente de la agrupación de parquistas, que sabe que cuanto antes se siembre, mejor. Con los pies en la arena y con una gorra bien calada sobre los ojos, una mujer que no quiere dar su nombre murmura: «El problema de la semilla no solo es conseguirla, es lo cara que va». Y eso, dicho con la cosecha arruinada bajo las botas, suena a lamento, a problemas, a nueva batalla.

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