El fútbol nace en los descampados

El Arosa SC se levantó sobre un campo de maíz y acaba de cumplir 75 años


redacción / la voz

El 26 de junio de 1873, unos marinos ingleses disputaron en un descampado situado en las traseras de la capilla de San Roque de Vilagarcía el primer partido de fútbol en España. 72 años después, se fundó el Arosa SC en Vilagarcía y la pasada Navidad, el club cumplió 75 años.

La historia del fútbol está asociada a los descampados, imprescindibles espacios abiertos donde se podía jugar a aquel deporte inglés tan extraño que ha acabado siendo un asidero para superar penas y pandemias. Si el primer partido de fútbol en Vilagarcía se jugó en un descampado, el club representativo de la ciudad nació en un sembrado de maíz propiedad de doña Desamparados Barrio, a quien los fundadores del Arosa SC compraron aquel maizal por 6.000 pesetas en 1944. Pero como no se podían jugar partidos en un campo de millo, hubo que segarlo, explanarlo y prepararlo.

Esa temporada, mientras el maíz se convertía en césped, el equipo jugó todos los partidos fuera de casa. Fue al año siguiente, en 1945, una vez terminadas las tareas agrícolas y acabado el campo de A Lomba, cuando nació oficialmente el Arosa Sociedad Cultural, el equipo arlequinado: una vestimenta muy original y popular en Galicia, no en vano el club vilagarciano es el decano de la tercera división gallega.

Aquella directiva fundacional fue preparada por Celso Callón Loureiro y presidida por Manuel Porto González, que estuvo solo un año. Después, accedió a la presidencia Luis Cordal Carús, es decir, el doctor Carús, que ascendió el Arousa a Segunda División. Era la temporada 1948-49 y nunca llegó el Arousa tan alto. Por A Lomba pasaron el Zaragoza, el Racing de Santander o el Sporting de Gijón, al que se venció 2-1.

Estas historias me las contaba hace años Manolo Gallego, que, en 1958, presidiendo la directiva del Arosa, fundó las secciones de atletismo y baloncesto. De aquel equipo de atletismo salió José Encisa, que fue campeón de España en 1960. Pero las penurias económicas volvieron a agobiar al club, que en 1968 disolvía todo lo que no fuera fútbol y se centraba en el deporte rey.

Ya en esa época mandaba la economía, los equipos se asfixiaban si se entusiasmaban fichando y ya se arreglaban las cuentas traspasando jugadores. En ese punto, Manolo Gallego, antes de dejar la presidencia, saneó el club vendiendo futbolistas al Leixoes portugués y al Deportivo y, sobre todo, a Búa y a Pereira al Real Madrid, dejando al Arousa con superávit y en Tercera.

En estos 75 años, el Arousa ha jugado 2.695 partidos; en su banquillo, se han sentado 56 entrenadores; sobre el césped de A Lomba, han disputado el balón 855 jugadores arlequinados y en su tribuna, han sufrido 23 presidentes y más de 350 directivos, cuyo trabajo, digno de un homenaje, va desde preparar el campo hasta ir captando socios por las calles y los bares.

A mí me captaron tomando un café. Eso sí, una vez que te asociabas, era más difícil darte de baja que borrarte de una compañía telefónica. No es que te engañaran ni te dieran largas, sino que cuando dejabas de pagar, los directivos venían a suplicarte que no lo hicieras y acababan convenciéndote de que dejar de ser socio del Arousa era como darle la espalda a Vilagarcía y a su historia. No sé de dónde sacaban tiempo los pobres para atender a su familia, a su empresa y, además, a su club.

El Arousa no ha tenido suerte en las temporadas en que celebraba aniversario redondo. Al cumplir 25 años y al celebrar los 65, sufrió las peores clasificaciones de su historia y el año del cincuentenario descendió a Tercera. El 75 cumpleaños del club viene marcado por la pandemia, pero deportivamente, el Arousa es líder y parece dispuesto a intentar ascender por segunda vez.

La última vez que subió a Segunda B, se celebró un concierto en A Lomba de Celtas Cortos y en la página que La Voz de Galicia dedicó al acontecimiento destacaban dos titulares. «No parecía Vilagarcía», encabezaba la crónica de aquel concierto en el que lo importante fue «el es­pectáculo de ver, por primera vez en Vila­garcía, a 3.000 personas saltando con los brazos en alto, desinhibiéndose llenas de marcha y felicidad, disfrutando con la música y el espectáculo, reencontrándose con una ale­gría que parecía perdida, pero que estaba dentro de nosotros». «Los Celtas Cortos dejan huella», era el otro titular y resumía la indignación del club porque, tras el concierto, habían aparecido cristales en el área, agujeros en el campo y restos de moqueta verde podrida.

Menos polémica levantó una corrida toros que organizó en A Lomba, en una plaza portátil, Petinal, el delegado de transportes de La Camerana. Una foto sepia del festejo presidía el patio trasero de la desaparecida imprenta Celta junto a una estatua de la Libertad y un gran macetero de hierro, adornos ambos que habían resultado de la fundición y modelado de la maquinaria con la que se editaba el periódico Galicia Nueva.

Los Celtas Cortos y la imprenta Celta, 45 años de A Lomba y del Arousa, 45 años de fútbol, rock y toros. En tiempos de pandemia y aniversario, un anhelo de diversión y un sueño: ascender de nuevo.

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