Waldina, la tienda de los libros que salieron a ver mundo

A mediados de los años 40, una joven abrió una librería en Carril y le puso su nombre, Waldina. Vendía material escolar y prestaba novelas a los marineros que surcaban los mares lejanos; su hijo sigue al timón


vilagarcía / la voz

Waldina era una jovencita cuando sus padres dejaron la taberna que regentaban en la mina La Susana, en Lousame, para instalarse en Carril. «A mi abuelo le ofrecieron venir como vigilante de una empresa de maderas. Y mi madre, para no estar de brazos cruzados, decidió abrir un comercio enfocado sobre todo en la venta de material escolar». Nos lo cuenta, desde detrás de la mampara de metacrilato que cubre el mostrador, Fernando Pereira. Él es un gran conversador, un enorme contador de historias al que se le notan todos los años que pasó como corresponsal radiofónico. Sin prisa y con algunas pausas -cada poco hay algún cliente que atender-, Fernando desgrana los 76 años de historia de su negocio, que ha pasado por varios locales, que ha visto cambiar el mundo, pero que siempre ha estado en manos de una familia dispuesta a resistir.

«Después de abrir el negocio, mi madre estuvo en Montevideo nueve años; fue donde conoció a mi padre y donde nacimos sus hijos. Mis abuelos se encargaron de la tienda. Luego volvimos y mi padre murió al poco tiempo. Así que Waldina tuvo que sacarnos adelante sola», relata Fernando. Las circunstancias hicieron, pues, que aquella luchadora nunca dejase escapar ninguna oportunidad de llevar unas pesetas extra a casa. A su librería acudían los vecinos para comprar libretas y lápices, a coger el periódico o a cambiar novelas. Pero también «a dejar trajes para la tintorería, que mi madre llevaba a Vilagarcía y luego iba a recoger».

Fernando ha heredado esa disposición a hacer todo lo que sea necesario para mantener vivo su negocio. Para «buscarse la vida». Hace unos años introdujo la venta de objetos de regalo. Luego, se le ocurrió vender recuerdos de Carril, a los que añadía la leyenda «paraíso da ameixa». Mucho después, el bum de los servicios de paquetería lo llevó a convertirse en «parcel shop», un punto de entrega y recogida. Desde su ordenador, imprime los documentos que le piden sus clientes. Y durante el confinamiento, la fotocopiadora no dejó de escupir fichas y tareas escolares.

Todos esos ingresos ayudan a cuadrar las cuentas de la única tienda de Vilagarcía que sigue prestando novelas. «Empezó mi madre cuando abrió el negocio; entonces se hacía mucho», explica ante una estantería repleta de historias del Oeste, o de intensos romances. «A todos los libros que pasan por aquí les ponemos el sello de la librería. Los libros de Waldina se leían en Sudáfrica, en Amberes... En todo el mundo». Y es que quienes se marchaban embarcados «se llevaban a lo mejor cien libros para pasar la campaña; antes no había otra cosa». Ahora, quienes acuden a las estanterías llenas de aquellos libros viajeros son «personas jubiladas, que tienen tiempo libre», y que están enganchadas a esas lecturas prestadas. «Viene gente de Catoira, de Rianxo, de Caldas, Cambados, A Illa...». Muchos de ellos se pasan horas rebuscando entre los títulos, «porque ya los han leído casi todos. Y eso que sigo haciendo bastante rotación», aprovechando todas las ocasiones que se presentan para adquirir nuevos ejemplares... Y para vender los que ya no tienen tanto tirón. «Las novelas de Corín Tellado funcionaron muchísimo en su época. Pero luego salieron otras colecciones que las desplazaron». Así que, por probar, «puse a la venta en Internet los libros que tenía, y una señora de Gijón, que había sido amiga de la escritora, compró cien».

Ahora, junto a la estantería de novelas en préstamo, hay otra de libros que se cambian. «Si te interesa alguno de los que hay aquí, dejas otro, pones dos euros y puedes llevártelo». Ese proyecto acaba de arrancar. «No sé si va a funcionar», dice Fernando, «el que se atreve a todo». En su día se lanzó a crear una división de cómic. «No fue como esperaba», reconoce. Aún tiene anaqueles de novela gráfica, y algún que otro cliente fiel que lo visita en verano para llevarse un buen surtido.

Fernando vuelve a hacer una pausa para atender a un cliente, con la familiaridad que dan los años de trato. Y el afecto. Porque desde detrás del mostrador, Fernando se ha convertido en «el bombero del pueblo», el que ayuda a redactar un currículo o a escribir una instancia. Él es, probablemente, el verdadero secreto de la Librería Waldina.

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