Un bar clandestino de Vilagarcía acogía timbas de póker, tragaperras y juergas en plenas restricciones

El garito, precintado por orden municipal, disponía de sillones, barra, bebidas y códigos QR con precios bajo la coartada de un negocio de montajes eléctricos


VILAGARCÍA / LA VOZ

No le faltaba de nada. Una buena barra, nevera, bebidas alcohólicas en cantidades generosas, mesa y fichas de póker, una máquina tragaperras y cámaras de vigilancia interior que se controlaban desde un ordenador. Hasta una bolsa con marihuana que alguien, en el ajetreo que siguió a la irrupción policial, dejó caer. Esta es, a grandes rasgos, la descripción del bar clandestino que el Concello de Vilagarcía acaba de precintar en el tramo más céntrico de la avenida Agustín Romero.

El cierre del garito es consecuencia de la inspección que la Policía Local desarrolló el sábado, a medianoche. Una patrulla observó a tres individuos en el exterior de un local dedicado aparentemente a los montajes eléctricos, cuya verja se hallaba a medio bajar. No eran horas para abandonarse al noble oficio del amperio y el cátodo, así que los agentes, temiendo que lo que tenían delante fuese un robo, descendieron de su vehículo y se aproximaron a ellos. Entre otras cuestiones porque, como mínimo, estaban incumpliendo el toque de queda. Los tipos, al advertir su presencia, no se quedaron a charlar. Dos de ellos salvaron el cierre a gatas para introducirse en el interior del establecimiento, mientras el tercero trataba de escapar, con escaso éxito.

Tras llamar a otra patrulla como refuerzo, los policías accedieron al tugurio, donde se encontraron con cinco personas, una de ellas el teórico arrendatario del bajo, que explicó que lo utilizaba para reunirse con los amigos. Un generoso anfitrión, en cualquier caso, a la vista del despliegue con el que se toparon los agentes, que incluía varias cajetillas de tabaco, una caja metálica con monedas, cartas de precios físicas y códigos QR distribuidos por las paredes, que informaban sobre el precio de las bebidas. Eso sí, ni rastro de una autorización que permitiese su funcionamiento. Después de informar a todos ellos de que iban a ser denunciados, la Policía Local ordenó el desalojo del local, donde solo se quedó su responsable. Por poco tiempo. No mucho más tarde, la Guardia Civil Fiscal acudió a inspeccionar el lugar y se encontró en él al mismo individuo, acompañado por otras dos personas. El bar clandestino ya es historia.

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