«Hay miedo, y los negocios vamos a sufrir»

Comercios y hostelería reviven los duros tiempos de la desescalada y los aforos reducidos


vilagarcía / la voz

Acomodándose en la barra del bar, un vecino de Cambados abría el debate sobre el tema del día: las restricciones que la Xunta impuso, el pasado miércoles, a Vilagarcía. Claro que él no habló ni de la Xunta, ni del covid. «Deixame tomar o café na barra, que despois vou para Vilagarcía e alí non podo». La frase era un ejercicio de humor negro. Porque en Cambados, como en Vilanova, A Illa o Catoira, las restricciones impuestas en la capital arousana son percibidas por la mayoría como una advertencia de lo que puede estar por llegar a sus propios concellos. «Mira lo que pasó en Pontevedra; Poio y Marín fueron detrás», comentaba una comerciante de la capital arousana.

Se llama Carmen y regenta la zapatillería Vista Alegre. «La primera clienta que me entró por la puerta esta mañana me dijo: ‘Vengo antes de que os cierren'. Espero que no llegue a pasar», relata. En su caso, las nuevas restricciones no le van a cambiar demasiado la forma de trabajar. «En la tienda no dejo estar a más de tres personas. Lo decidí así, es más cómodo para todos», explica. Así que la limitación de aforo no le preocupa. Lo que la agobia más es pensar que la gente se haya quedado sin ánimos para comprar. «Hay mucha gente mayor que ya no quiere salir de casa».

Metidos en casa

«Los negocios vamos a sufrir», explica Rocío Louzán desde Zona Aberta. La asociación de comerciantes tiene claro que el paso atrás dado por la capital arousana, por pequeño que sea, será suficiente para que el consumo vuelva a contraerse. Con el temor a los contagios reavivado, «la gente se va a meter en casa. Hay miedo, mucho miedo, y es normal que lo haya. Y eso va a provocar que a nosotros nos toque sufrir de nuevo».

Mientras recuperan los carteles de aforo reducido que lucieron en otros tiempos -¡parecían ya tan lejanos!-, muchos comerciantes echan cuentas. «Estoy mirando mercancía para el verano y ni siquiera sé si el negocio seguirá vivo», dicen con resignación. Y con resignación hablan también los hosteleros. En el café bar A Perla, han recolocado las mesas del interior del local para garantizar el mantenimiento de la distancia de seguridad, y han llenado la barra del local de adornos para hacer desistir a los parroquianos de acodarse en ella. Desde detrás de esa barrera, Mariam García vestía de retranca su preocupación. «Parece que somos o sector que causa todos os problemas, e non é así. Xa se demostrou que se nós paramos, acaba parando todo», señalaba.

Las terrazas y la lluvia

En la calle de A Baldosa, la mañana fue «casi como cualquier otra, aunque quizás con un poco menos de gente, algo menos de ambiente», según relatan desde el Stocolmo 2.0. En el local tendrán que mover alguna mesa y frenar de nuevo la tradición de que los extraños compartan los tableros que son más grandes.

En este establecimiento, como en todos los demás, miran al cielo: para la mayoría de ellos, las terrazas han sido su salvación en verano. Pero el otoño ha llegado, acompañado de esas lluvias que tanta falta hacen, pero que tan inoportunas son para algunos sectores. No es de extrañar que haya empresarios que comiencen a pensar en hacer inversiones para convertir las terrazas en espacios en los que se pueda parar en lo más crudo del invierno galaico.

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