Vilagarcía llora la muerte de Don Lino, el cura que siempre echaba una mano

El sacerdote fue enterrado esta mañana en A Pelada


Cerca de las once de la noche del sábado falleció Don Lino, el que fuera cura párroco de Rubiáns y que desde hace más de cuarenta años llevaba la parroquia de Vilaxoán. La noticia sacudió ayer ambas localidades, donde Lino José Arcos Salgado ha dejado una profunda huella. La marca de un hombre bueno y generoso «que predicaba co exemplo e axudaba sempre a quen o necesitaba». Lo cuenta Feliciano. Él es un hombre hecho y derecho que, con apenas cuatro años, encontró en el cura a la familia que necesitaba: con sus padres emigrados y sus abuelos mayores, el sacerdote se encargó de darles estudios a él y a su hermano, de ayudarlos a encauzar su vida. «Para min foi o pai que precisaba», relata Feliciano, que lo acompañó hasta el último suspiro. 

Don Lino nació en Xinzo, de donde era su familia materna. Siendo un crío, el nombramiento de su padre como jefe de Correos en A Estrada lo llevó hasta esta villa del interior de la provincia. Estudió y se formó con la vista puesta en prestar servicio religioso en Roma. Pero quiso el destino que su madre falleciese el día en que dio su primera misa y que su padre, dolorido por la pérdida, le pidiese que no buscase destinos tan lejanos. Y así lo hizo él: la vida lo condujo a Arousa. Estuvo de coadjutor en Vilagarcía, pasó unos años en Vilanova y tuvo su tercera parada en Rubiáns, donde fue cura párroco durante quince años. A mediados de los años setenta fue nombrado arcipreste y destinado a la parroquia de Vilaxoán. Sus restos mortales descansan desde esta mañana en el cementerio de A Pelada.

A sus noventa años, Don Lino seguía trabajando. Su agenda se había aligerado porque la edad había hecho mella en su cuerpo, pero su lucidez se mantenía a prueba de bombas. No era un hombre de quejas ni de lamentos: buscaba la mejor cara de la vida y disfrutaba recordando con los amigos aventuras del pasado. Porque amigos no le faltaban: en Rubiáns el colectivo Agarimo, nacido al calor de la iglesia de Don Lino, se ha reunido varias veces en los últimos años para agasajar a un cura que conseguía sintonizar con la rapazada, incluso a sus noventa años. Quizás fuese porque le gustaban las buenas bromas, o porque sabía echar una carcajada a tiempo. Pero si tenía «un don especial para conectar coa xente máis nova», tenía también una facilidad extraordinaria para el consuelo, para dar apoyo a quienes más lo necesitaban, se lo pidiesen o no. Hoy, muchas de esas personas lamentan su muerte. 

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