La Ruta de las Ferreterías Vilagarcianas

La ciudad siempre ha destacado por la modernidad y vanguardia de sus utensilios para el hogar


redacción / la voz

Veraneo en casa. ¡Qué remedio! Da no sé qué moverse por ahí. La semana pasada me fui con mi suegra y mi mujer a pasar unos días a la montaña y aquello era un sinvivir: había que pedir hora para desayunar, hora para comer y hacer cola en la cafetería para cenar. Nosotros desayunábamos a las ocho y mi suegra a las diez, comíamos a las dos y cenábamos a las ocho y media porque después de esa hora no cogías sitio. Y todo con la mascarilla puesta. En el bufé del desayuno, tenías que seleccionar los productos con pinzas, no podías coger un plato ni un bol sin permiso y todo estaba muy controlado, tanto que en el hotel abundaban los casos como el nuestro: familias con abuelos buscando seguridad absoluta, higiene extrema, organización eficacísima. En ese punto, nada que objetar, pero claro, acabamos tan agobiados y tan estresados que al segundo día estábamos deseando volver a casa, donde también estamos higienizados y controlados, pero gratis. El resto del verano, confinados

La primera consecuencia de esta decisión es que cocino mucho. Se trata de un entretenimiento relajante del que se ha derivado una segunda consecuencia: rompo cosas o se rompen ellas solas. Que un plato se haga añicos o que estalle un vaso no me causa ninguna desazón, pero ayer sucedió una pequeña tragedia doméstica: se rompió el mango del cazo donde cuezo los huevos duros. ¡Y no era cualquier cazo, no! Formaba parte de una trilogía cocinera que compré en la ferretería de Cholín en 1981, al día siguiente de llegar a Vilagarcía. Fueron dos cazuelas, una alta y otra plana, y ese cazo, que me han acompañado en mudanzas, traslados y cocinas a lo largo de 39 años. Las cazuelas siguen como el primer día, pero el cazo se rompió ayer y estoy desolado. 

La gran pérdida del cazo

Cuando vivíamos en la avenida da Mariña de Vilagarcía, tuvimos un canario. El día que se murió, me derrotó la tristeza y decidí que ya tenía bastante dolor con las pérdidas familiares como para sumarles las pérdidas animales. Así que no volvimos a tener animales domésticos para así preservar nuestro equilibrio emocional. Pero lo que nunca imaginé es que fuera a sentir pena por la pérdida de un cazo. Aunque tiene su lógica: 39 años cociendo huevos en el cazo de Cholín son muchos años, el roce hace el cariño y no creo que los huevos duros vuelvan a saberme igual. Estarán ricos, pero les faltará lirismo proustiano. Serán unos huevos sin historia. 

Fidelidad proustiana

Mi mujer, más práctica y menos sentimental con las cosas de comer, me ha consolado un instante y enseguida me ha propuesto que salga a comprar otro cazo. Pero no, en esto de la cocina yo tengo mis manías y una de ellas es comprar los utensilios, los complementos y el aparataje en Vilagarcía. Así que hasta que no se relaje la pandemia y pueda volver a viajar tranquilamente, coceré los huevos en alguna de las dos cazuelas compradas hace 39 años en Cholín.

Fue mi madre la primera persona que cayó en la cuenta de que las ferreterías vilagarcianas eran de lo mejor de España. En estas fechas, alrededor de San Roque, siempre venían mis padres a pasar unos días y ella, mi madre, en lugar de recorrer la senda del agua, el camino portugués o los paseos marítimos, se organizaba una ruta de las ferreterías que la entretenía mucho y la hacía feliz. Mi madre venía a San Roque no por la Festa da Auga, aunque es verdad que arrojaba jarras desde el balcón, ni por los conciertos de A Xunqueira, aunque disfrutó mucho el año que Vallejo trajo a La Década Prodigiosa, a Massiel y a Pablo Abraira, lo que de verdad le gustaba a mi madre era ir de ferreterías y llevarse a Cáceres un cascanueces de cerámica, un pela ajos sorprendente, un increíble aparato que despipaba cerezas y laminaba fresas o un mandolino italiano de varias posiciones que le permitía hacer unas patatas chips que ninguna de sus amigas igualaba. 

La costumbre ferretera

Yo sigo con esa costumbre ferretera y, aunque mi suegra crea que soy un caprichoso sin remedio, la verdad es que tengo mis razones. La primera y fundamental es la fiabilidad de las ferreterías vilagarcianas y a la prueba me remito: ha tenido que llegar una pandemia para que se rompa el mango de mi cazo de Cholín ¡39 años después de ser comprado! La segunda es la originalidad y vanguardia: todo aquello que compraba mi madre eran novedades que mostraba orgullosa (y aún conserva y muestra) a sus alucinadas amigas en las reuniones que organizaba en casa para vender tarteras de Tupperware. La tercera es el diseño: lo último que he comprado, en este caso en Nartallo pues como saben, Cholín cerró hace años, es un carrito de la compra de doble tracción a franjas verdes y negras que es la envidia de mis cuñadas y la sensación del Mercafur y del Carredona.

Un atractivo turístico

Así que estoy deseando que esto amaine para volver a hacerme la Ruta de las Ferreterías Vilagarcianas, que deberíamos patentar como atractivo turístico. Por culpa de la pandemia, viviremos un San Roque raro: ustedes, sin agua, subida del santo ni procesión y yo, sin cazo nuevo.

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