Armas para combatir el confinamiento

El coronavirus ha cerrado el Café del Centro de Lugo, un lugar que inspiraba las «Perlas Arousanas»

Ha cerrado el Café del Centro. Estaba situado en la plaza Mayor de Lugo y es la primera vez que cierra desde que se inauguró en 1903. No pudieron con él ni dos guerras mundiales, ni una guerra civil ni el golpe de Tejero. Solo el coronavirus ha sido capaz de cerrar el Café del Centro por primera en 116 años. Por sus mesas han pasado Charlton Heston y Joan Pujol, el agente doble español que fue fundamental para engañar a los nazis durante el desembarco de Normandía. Su mujer era lucense y él tomaba café en las mismas mesas donde años después se rodarían películas como La vieja música (Mario Camus y Paco Rabal) o El rey del río (Carmen Maura y Alfredo Landa).

Le tengo cariño al Café del Centro porque bien en su terraza bajo los soportales, los días soleados, bien en su salón, las tardes de niebla y fresco, tomé café durante todo el mes de julio de 1987. Como estaba solo y no conocía a nadie en la ciudad, me acercaba al café, me sentaba, pedía uno con leche y me dedicaba a escribir artículos para la edición de Arousa de La Voz de Galicia.

¿Qué hacía un servidor en Lugo todo un mes de julio de 1987? Pues muy sencillo, me había tocado ser tribunal de oposiciones de Secundaria. Entonces no tenía carné de conducir y todos los lunes, mi compañero y amigo Celso Suárez, una de las mejores personas que conozco, me llevaba a Pontevedra bien temprano para coger a tiempo el autobús que salía hacia Lugo. Era bastante sorprendente llegar a la ciudad en pleno verano y verla cubierta por la niebla. Había días en los que se agradecía incluso un buen anorack. Pero así era y es Lugo, un sitio donde el calor es algo excepcional y la comida, un auténtico placer.

He dicho que estaba solo, pero no es del todo cierto. Disfrutaba de la compañía de las profesoras que formaban el tribunal conmigo, una señoras muy agradables, con posibles y a las que les cayó en gracia aquel joven de 29 años que las hacía reír. A cambio, ellas me invitaban a comer y fue así, gracias a ellas, como probé por primera vez el caviar ruso. Porque el refrán dice que para comer Lugo, pero no dice que, además de pulpo, carne ao caldeiro y empanada, también puedes comer caviar, langosta y foie entero de oca francesa, manjares todos ellos a los que me invitaban de vez en cuando mis compañeras de tribunal mientras yo procuraba contarles historias que las entretuvieran.

Eso sí, después de comer, cada una se iba a sus quehaceres y yo acababa en el Café del Centro, donde, además de escribir a mano los artículos para La Voz, que en aquel entonces se llamaban «Perlas Arousanas», pensaba. Sí, me dedicaba pensar, a reflexionar, a decidir qué quería hacer con mi vida porque en aquel momento intuía que debía decidir entre varias opciones. Por un lado, mantenía cierta actividad política en Vilagarcía, pero aquello no me gustaba. No es que estuviera desencantado con mis sueños de mejorar el mundo, sino que había descubierto que para dedicarse a la política había que tener un carácter muy fuerte, una capacidad de encaje formidable y un poco de maldad y ambición, aunque solo fuera un poco. Y desgraciadamente, ni encajo bien los golpes, ni mi carácter es fuerte y en cuanto a la ambición, la tengo, claro, pero la política no la satisfacía.

Otro campo abierto era el de la universidad. Acababa de matricular mi tesis doctoral tras realizar los cursos pertinentes. Iba a versar sobre la poesía social de posguerra y me la dirigiría José Manuel González Herrán, un profesor de la Universidad de Santiago a quien debo lo poco o mucho de rigor que tengo.

Finalmente, mis aficiones fuera del trabajo se orientaban por un tercer campo temático: la organización de ferias de muestras. Había empezado colaborando en la preparación de dos ediciones de Fexdega y después había seguido participando en algunas ferias en calidad de acompañante, traductor o cualquier cosa que me divirtiera.

Frente a estas posibilidades, política, ferias y universidad, estaba la que de verdad me emocionaba: las colaboraciones en La Voz. Y así, sumido en una duda existencial y trascendente y a punto de cumplir los 30 años, me iba al Café del Centro, ahíto de caviar y de langosta, pedía un café con leche y en las mismas mesas donde Ánxel Fole había mantenido sus tertulias, yo escribía mis «perlas arousanas» y descubría, café a café, tarde a tarde, que lo que verdaderamente me gustaba era el periodismo, que para eso no hacía falta tener un carácter fuerte ni pasar mis días leyendo a poetas sociales.

Cuando acabaron las oposiciones y Celso Suárez me devolvió por última vez a Vilagarcía tras recogerme al pie del autobús en Pontevedra, tenía muy claro a qué quería dedicar el tiempo libre durante el resto de mi vida. No sé si me hubiera ido mejor en la política, en las ferias de muestras o en la universidad, pero sí estoy seguro de que en ninguno de esos mundos hubiera encontrado el arma que ahora manejo para combatir el confinamiento: escribir el Callejón del Viento.

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