Uxío López y el juego infinito

Las sensaciones, el azar y un constante fluir modulan la obra del pintor arousano


vilagarcía / la voz

Cuatro décadas de pintura no son ninguna broma. Aunque Uxío López (Irún, 1958) es muy capaz de encadenar horas de conversación guiadas por una ironía tan gamberra como inteligente, si hay algo que se tome verdaderamente en serio, es su obra. «De cero a dez, crear é un cinco de pracer e o resto de esforzo e un certo sufrimento, por que non dicilo», deja caer el hombre que hace 19 años inauguró la sala municipal Antón Rivas Briones, de Vilagarcía, con una exposición que protagonizó el aluminio, uno de sus materiales de cabecera, y será difícil de olvidar. Aquellos Reflexos da superficie plana introducían al observador en cada uno de sus destellos. Literalmente, puesto que quien se situaba frente a un cuadro se veía reflejado de inmediato en él. No estuvo nada mal. Al fin y al cabo, la necesidad de moverse y de buscar posición convertía al público en un agente activo, en lugar del clásico espectador malandro al que es difícil remover de su butaca.

Todo fluye, en realidad, en una pintura que tal vez pueda definirse como abstracción con intención figurativa. Desde las impresiones que sugiere a su propia génesis, ya que Uxío no tiene ningún problema en reconocer que raramente inicia el camino de la creación con una meta concreta en mente. «Ao longo do propio percorrido decido onde parar ou por onde seguir; non teño nada predeterminado, e nese aspecto é no que inflúe o estado no que me atope». El pigmento de aluminio que casi siempre utiliza confiere a sus obras una querencia cromática muy particular y un acabado en el que el azar interviene a menudo. Aunque probablemente sería más exacto hablar de las sensaciones que en cada momento embargan al hombre que empuña el pincel. «Son moi pouco de conceptuar. Teño pintado chorando, moitas veces eufórico, e esa liberdade pola que quero levar as miñas emocións non é algo que aprendese. Digo eu que debo de ser así. Déixome levar polas emocións e as sensacións. Por iso tamén me costa manter unha liña única. Non é o meu, nin tampouco o quero».

Uxío trabaja desde un inmenso estudio-vivienda en A Torre, que parece sobrevolar la capital arousana. Aquí es donde el artista se siente verdaderamente en su lugar. «Non fago moita máis vida, todo o sentido que atopo é pechado aquí. Ao mellor é que non sei facer outra cousa. Perdinlle o hábito ás distraccións porque si, e moléstame moito que me pase o tempo sen facer nada. Síntome mellor, e cos anos sucede que revisas a túa obra e gozas moito, porque te sorprende, gústache, e sei que non sería quen de repetila. É curioso como cada peza forma parte dun tempo e dun estado», reflexiona el pintor, que admite tener pendiente una segunda exposición de inéditos y siente que, pese al tiempo transcurrido, no ha llegado todavía esa obra que todo artista ansía legar. Suena Van Morrison y caen un par de copas de vino. Vamos a ponernos estupendos justo antes de acabar. Lo que hace Uxío es jugar con aquella seriedad que Nietzsche reclamaba para el juego. Un juego infinito.

Todas las formas de enfrentarse a una caja desde una lámpara mágica

De entre las muchas obras que habitan su estudio de A Torre, Uxío López destaca una pieza inusual. Unha caixa de sorpresas nació de la invitación de un amigo, el añorado Guillermo Charlín, para combinar pintura e iluminación en un homenaje colectivo a Thomas Edison que, hará unos diez años, acogió la sala Tokonoma. Charlín, a su vez creador, regentaba aquel espacio en Compostela. Es un trabajo imponente, de tres metros de altura por uno y medio de ancho, que cobra vida en ocho módulos. «Realmente é unha lámpada estrutural que funciona tanto prendida como coa luz diúrna e totalmente a escuras, cando domina o branco». Elaborada con el mismo material de las fachadas estructurales que proporciona el mundo del aluminio, al que el artista dedicó durante años su faceta profesional, la caja desarrolla todas las opciones que un cubo puede proporcionar.

«Unha tapa aberta, dúas, tres, catro abertas, e dous módulos, os de arriba, que queren apuntar ao regalo sorpresa e nos que, de súpeto, aparece a cor». Una frase reveladora, «todos os cadros están permitidos», y un poema de Cavafis ponen letra a esta irrepetible caja de luz. Las series de este tipo agradan a Uxío, que en estos momentos trabaja en otra secuencia: su particular crítica al talonario como forma de estar en el mundo, Agasallo consumista, pintado sobre embalajes usados de Amazon. Pero se trata de otra obra, y pide su propia historia.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
3 votos
Comentarios

Uxío López y el juego infinito